miércoles, 20 de agosto de 2014

Tac. Tac. Tac.

Gota a gota va cayendo la sangre en el recipiente. La respiración me ensordece los oídos y lo único que siento es el latido de mi corazón recorriéndome cada milímetro de mi cuerpo. Sincronizado con el repiqueteo del oro líquido al caer.

Cierro los ojos intentando contener el ritmo frenético que poco a poco va cogiendo desacompasándose mi corazón. Dos suspiros. Y de repente aparece en mi interior un ser pequeñito, inocente de pelos cobrizos y ojos azules sentada sobre un balancín azul sonriendo. Se echa a reír. Ríe y ríe casi llorando intentando cubrir y despistar el nerviosismo que se intenta apoderar de ella. Y yo me estremezco.

Inconscientemente me levanto. Despacio. Y tanteo las paredes de la habitación en busca de la fuente insaciable que me atormenta la cabeza. Tac. Tac. Tac. Y con un simple giro de muñeca, desaparece.

Silencio. Solo mi respiración lo rompe. Y sin saber cuándo o cómo ni si quiera el por qué noto como mis párpados se cierran y me dejo a mi misma.

Paz y tranquilidad es lo que encuentro allá donde quiera que haya ido. Silencio. Ni siquiera mi respiración se hace camino en aquel lugar. Y entonces sin saber por qué sonrío. La pequeña niña sonríe de verdad sin temor en mi interior, libre, tranquila. Y solo en ese momento mi cabeza actúa. Me muestra lo que de verdad quiero y lo único que produce una sensación tan parecida a aquella en circunstancias normales. Y en ese momento soy feliz. No necesito nada más. Está todo. Y pienso en ello cada instante.

Poco a poco, disfrutando ese pequeño instante, vuelve a cegarme una luz. Una respiración nerviosa y desacompasada me despierta de mi ensoñación. Me preocupa. Me dispone en estado de alerta. Y cuando abro los ojos levemente tomo consciencia de la realidad. Noto frescor a lo largo de mi cuerpo, a través de la espalda, y me siento observada por diversos cuerpos.

-¿Estás bien?- Es lo último que escucho que me hace añorar a mi ensoñación. Añorar lo que me hace feliz.