De fondo y distorsionado, solo se oían gritos.
A través de la ventana veía cómo se movían las ramas de los árboles, agitadas por el viento, como si estuvieran acariciando el soso y triste cielo de color gris. El suelo estaba cubierto por un pequeño manto de nieve que había caído días antes. La calle, parecía desierta. En cambio dentro de aquellas cuatro paredes todo era diferente. El ambiente era cálido, todo seguía en su sitio y en sí nada había cambiado respecto a unas horas antes, lo único que rompía la monotonía eran los gritos. Gritos, más gritos. Suspiré empañando de vaho la ventana y frotándome las sienes con mis dedos mientras apretaba fuertemente con los ojos cerrados. Una y otra vez pero aquello nunca cesaba. Mi dolor de cabeza se incrementaba y aquello era cada vez más similar a una olla a presión. Y en efecto eso es lo que hice, me puse mis botas altas y me abrigué con el abrigo que se encontraba colgado por mi puerta, cogí mi gorro, guantes y bufanda y como un suspiro salí por la puerta de aquella casa, el aire de aquella olla a presión se esfumó dejando tras de sí el único sonido del portazo. Las voces cesaron momentáneamente y no sé si duraron en silencio mucho más, tras poner pie en la calle eché a correr tan rápido como pude intentando huir y evadirme de todo aquello, como si el portazo hubiera sido el pistoletazo de una carrera de atletismo.
Y corrí, hasta que me dolieron las piernas y el frío empezaba a congelarme los pies.
Estaba harta de toda aquella situación. No podía seguir así, no con tantas voces. Aquello no es lo que quería, como quería vivir y no pensaba estar ni un segundo más allí tal y como estaba la situación. En mi cabeza solo existía un ir y venir de pensamientos, pequeñas punzadas de dolor que me hacían parar y apretar los ojos con fuerza. Me dejé caer de rodillas en el suelo y la pequeña capa de nieve que había amortiguó levemente mi caída. Miré a mi alrededor, no sabía donde estaba, había echado a correr sin pensar y con el único fin de alejarme y procurar no caerme. Los árboles me rodeaban y en su interior solo quedaba un pequeño silbido producto del viento. Suspiré y me tumbé boca arriba. Me empezaba a marear y lo último que recuerdo es ver levemente moverse las copas de los árboles y... todo se volvió oscuro y en silencio.
No recuerdo si soñé o no, si tuve pesadillas o si de entre todas las que había pasado en las semanas anteriores algún sueño pudo llegar a colarse y endulzar un poco el momento. Solo sé que desperté llorando en el mismo lugar. El viento había cesado y la luz había disminuido, sin moverme del sitio intenté limpiarme las lágrimas con los guantes, unas de tantas... sentía frío y tenía dificultad para mover mis brazos pero me daba igual, nada que me pudiera pasar físicamente iba a superar o a acercarse si quiera a todo el dolor que sentía por dentro. Pequeñas agujas se clavaban en mi estómago que me hacían doblarme cada vez que recordaba lo ocurrido ... Había pensado en las palabras que iba a decir en cuanto volviera, en cuanto cruzara aquella puerta y tuviera un segundo de tregua para expresar lo que sentía. Una y otra vez me las repetía en mi cabeza con el fin de tenerlas claras, de practicar y que en el momento justo salieran de forma natural, pero sabía que como siempre, aquel nudo que se me formaba en el estómago y que me dejaba sin respiración me lo iba a impedir pero quería intentarlo, lo necesitaba, tenía que hacerlo aunque fuera con los ojos llenos de lágrimas, estaba acostumbrada, poco ya importaba.
[...] Le cogí de la mano y le senté, le miré a los ojos y pude ver el reflejo de los míos, el dolor de todo aquello que iba a decirle, el miedo. Intenté sonreír y he de reconocer que aquello no pareció ni un intento de sonrisa ni nada por el estilo. Suspiré y sentándome yo también a su lado en la cama comencé a hablar sin darle oportunidad a interrumpirme, mirando al suelo intentando concentrarme en recordar aquel discurso que me había preparado durante tanto tiempo.
-- La verdad es que no sé muy bien por donde empezar, ni cómo decir todo esto y que tras todo este tiempo (que he tenido mucho, más de lo que me hubiera gustado) he decidido dar el primer paso puesto que tú no lo ibas a hacer y que bueno, espero que entiendas mis razones del por qué de todo. -cogí aire y continué. -- Desde un principio de todo no sé, fuiste un extraño muy fácil de conocer que en poco tiempo se convirtió en uno de mis mayores apoyos, una de las cuatro pareces que cimientan esta casa y que todo un día pues, cambió, para bien o para mal pero lo hizo. Cierto es que tiempo después todo se acabó y que nos alejamos y tal pero que después de todo volvió a la normalidad aunque he de decir que ahí estuvo mi error... - le miré a los ojos con lágrimas en ellos mientras por mi mente se pasaba un resumen de todos los momentos que había vivido. -- Me he dado cuenta que desde un principio no tenía que haberme metido en tu vida, que no hice más que causarte problemas y que por culpa de ellos, en esta casa solo hay gritos continuamente. Que no me arrepiento de nada de todas las cosas que he vivido a tu lado porque han sido las mejores de mi vida y las únicas que me han llegado a hacerme sentir viva. Porque por mucho que juntes la arena del mar, las estrellas del cielo o todas las hojas de los árboles, jamás te vas a hacer a la idea de cuánto te quiero y cuánto he llegado a quererte y es por eso por lo que tomo esta decisión, porque te quiero. Y porque quiero que seas feliz, que vuelvas a estar normal y que todo en tu vida te vaya bien, porque aparezca esa sonrisa en los mejores momentos y porque los disfrutes. Y aunque pienses que tienes la culpa de todo, no es así, es mi culpa, es la culpa de el amor ciego que lo llega a hacer surrealista todo y no puedo dejar que pase esto puesto que estaría traicionándome a mí misma. - las lágrimas descendían por mis mejillas como ríos en pleno deshielo, pero necesitaba acabar, aquella tensión no era buena para ninguno, para nadie. -- Por ello, he decidido que me voy a ir, que voy a desaparecer de tu vida como hice y no debería haberlo dejado de hacer hace ya tiempo, para que no tengas problemas con el resto del mundo, para que seas feliz y puedas vivir luchando por cumplir tus sueños... Pero antes de que acabe todo, cierre esa maleta y salga de nuevo por esa puerta, déjame decirte algo...
Gracias, por cada segundo de tu vida que has compartido conmigo, por cada risa y por cada sonrisa, por cada beso, por cada suspiro, caricia o por todos aquellos enfados que me hicieron quererte cada día más, por cada "buenos días" o por cada vez que has estado ahí cuando te he necesitado... por cada lágrima que he derramado contigo, por cada sensación que me has hecho vivir y por haberme hecho sentir que estoy viva. Por haber sido un pequeño capítulo de mi vida en este cuento que aún no tiene final. Por enseñarme, por haber dejado que me cayera y por haber estado ahí para ayudarme a levantar. Por ser y seguir siendo ese sueño sin cumplir.
Y por último, y con esto sí que ya me voy. Me voy, pero no quiere decir que eso sea malo, al contrario, es bueno y por ello tienes que sonreír, estar bien y decidirte a vivir la vida y a luchar por todo lo que quieras conseguir. Sé que puedes y que lo harás.-
Me levanté de la cama secando las lágrimas con la manga de mi camisa y cogí la maleta, me acerqué en el marco de la puerta y le miré por última vez. Entre lágrimas y una pequeña sonrisa sincera lo único que pude decir antes de desaparecer fue un "sé feliz". Y aquella puerta principal se cerró tras de mí sin hacer apenas ruido. Mis sollozos fueron inaudibles para mis oídos y poco a poco fui desapareciendo de allí, de aquella casa, dejando mis huellas en la nieve al pasar que a medida que pasaba el tiempo se volvían a cubrir de los pequeños copos de nieve que teñían aquel momento. Todo estuvo tranquilo y silencioso aquella noche. Todo... [...]
Volví a abrir los ojos y el bosque ya estaba oscuras. Intenté incorporarme lentamente evitando volver a marearme y conseguí apoyarme en el tronco caído de un árbol. Parpadeé varias veces y me llevé la mano en la cabeza. Menudo sueño. A lo lejos se podía oír el murmullo de algo, pero no estaba lo suficientemente cerca como para descifrarlo. Poco tiempo después, una pequeña lucecita se acercaba hacia donde yo estaba, decía mi nombre, y en cuestión de segundos se paró frente a mí. Me nombró y un instante después me sentí rodeada por sus brazos, sonreí como pude y la intenté abrazar también. Ella siempre sabía como encontrarme, siempre estaba ahí, conmigo. -- Pensé que nunca te encontraría. - dijo entre varias frases de reproche y preocupación, la miré y sonreí mientras mis ojos se volvían a llenar de lágrimas. -- Tú siempre me encuentras, siempre estás aquí.
Y de todo lo demás no me acuerdo, estaba borroso y aquel libro de amores imposibles nunca me llegó a gustar del todo. Me encogí de hombros y lo guardé sin saber por qué en un pequeño hueco que había en aquella estantería llena de libros.
Lo de mañana... eso será otra historia que contar.