jueves, 2 de febrero de 2017

Cálido como el chocolate.

Los días pasaron. Las hojas del calendario fueron cayéndose como las de los árboles en otoño. Aquel reloj no había vuelto a funcionar y sus manecillas seguían marcando la misma hora, las 00:14.

El frío y la lluvia se apoderaron de la ciudad. Los días grises, oscuros, sin brillo pasaron a formar la monotonía del momento. Los coches seguían circulando por las calles a la misma velocidad que siempre, algún que otro pitido se escuchaba de fondo. Las gotas de agua que caían sobre mi paraguas se deslizaban por los tacos de la varilla y se precipitaban contra el suelo uniéndose a los charcos que ya había.

El ruido de mis botas contra el suelo por culpa del agua era el único acompañamiento que tenía. Ascendí la pequeña pendiente de la calle esquivando a gente que al igual que yo se resguardaban de la lluvia bajo los paraguas. A la derecha había un par de niños pequeños saltando en los charcos animadamente ajenos en su mundo de diversión mientras sus madres corrían hacia ellos dando gritos, pidiéndoles que dejaran de saltar... eso me hizo sonreír levemente.

Continué andando por la calle hasta pararme de frente en aquella puerta. Un dulce aroma inundaba la calle cada vez que la puerta se abría. Cerré mi paraguas y abriendo la puerta me introduje en aquella sala llena de conversaciones varías, coloqué el paraguas en el paragüero y me acerqué a la barra pidiendo una taza de chocolate caliente. Me aproximé a una mesa apartada del bullicio de la gente y di las gracias al camarero cuando colocó la taza enfrente de mí. Me desprendí del abrigo y respiré satisfecha. Removí un par de veces el chocolate y saqué finalmente un bloc del bolso y un lapicero con goma.

El olor del chocolate caliente me hizo recordar momentos felices, le di un pequeño sorbo, estaba caliente. Continué con el dibujo que había empezado ajena a todo aquello que me rodeaba hasta que finalmente el repique de gotas de agua a mi lado me devolvió a la realidad. Levanté la cabeza del blog y por un instante el aire me faltó.

Cerré los ojos un instante intentando recordar cómo se respiraba y suspiré para mis adentros. - Sarah...- en un hilo de voz, mi nombre salió de su boca. Abrí los ojos e intenté parpadear y no mirarle para evitar llorar. Alcé la mano señalando la silla de enfrente a la mía para que se sentara. Obedeció y en aquel momento, cuando le miré a los ojos, una chispa saltó en mi interior provocando que mis ojos comenzaran a inundarse. Respiré hondo y apreté los párpados con fuerza.- Hola...- fue lo único que conseguí pronunciar.

Por extraño que pareciese, aquel momento me resultaba más cálido que mi preciado chocolate, deseaba abrazarme a él ahorrándome todas las palabras que necesitaba decir pero que de ninguna manera iba a poder pronunciar y que él me consolara como solía hacer antes.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Gravity.

Recordando aquella noche pasada por agua acabó de la misma manera, como un jarrón de agua fría.

Las risas, el agua cayendo alrededor, las miradas de los viandantes, la brisa nocturna casi imperceptible por la euforia y la emoción... me sentí como en una nube. Rodeada de algodón y casi casi flotando sobre el suelo. Aquella noche fue mágica, especial, fue como un pequeño motor que hacía que La Tierra siguiese girando y pareciese no parar nunca.

Pero visto está que las cosas no siempre tienen un final feliz. Que lo que antes llevaba agua ahora está seco, que el frío del invierno ya no se sobrelleva con unos brazos a tu alrededor, ni con una sudadera... ni que las agujas de aquel reloj se pararon para tomarse un respiro. Un respiro quizás largo.

Y allí estaba yo, tumbada sobre aquel edredón que ni de lejos era tan suave ni tan cómodo como aquella nube. El diario abierto por la página que tocaba hoy y poco se diferenciaba de la de los días anteriores, borratajos, cuatro palabras escritas casi sin llegar a tener sentido... Con la mente en otro sitio y bastante lejos de allí. Aquel reloj no volvió a funcionar.

Cuando quise intentar escribir aquel mar de sensaciones y emociones que me inundaba me di cuenta de que mi lapicero se había quedado sin punta. Toda la página estaba llena de pequeños puntitos grises debido al taladro que había realizado con él. Suspiré. Me di la vuelta dejando todo a un lado y miré al techo por un segundo, cerré los ojos.

Costaba creer que a pesar de que todo parecía haberse parado, las horas se hacían eternas, el mundo y la vida seguía moviéndose a la misma rapidez que aquel momento que tanto añoraba. Las agujas no se movían. Seguían quietas. Guardaban su posición como los guardias del palacio de Buckinham.

Uno. Dos. Tres. Cuatro... y las manecillas seguían en su sitio. Uno. Dos. Tres. Cuatro... y todo seguía igual. De vez en cuando se movían un escaso milímetro, muy de vez en cuando. Solo las sonrisas que de vez en cuando me iluminaban las movían. Uno. Dos. Tres. Cuatro... pero el mundo seguía parado. Mi mundo.

Y a pesar de intentar ordenar mi cabeza de un modo u otro, las cosas seguían igual. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Esta vez flotaba pero de forma bien diferente. La fuerza de atracción que movía y hacia bombear aquel corazón ya no existía, en su lugar, algo frío comenzaba a inundar aquel hueco. 

Uno. Dos. Tres. Cuatro. 

Y las manecillas se congelaron.

martes, 31 de mayo de 2016

Solo una aproximación.

Mi mano se deslizó sobre la suya lentamente mientras nos separábamos ambos bajo aquella columna de fina lluvia. Mis mejillas permanecían sonrojadas y en mi interior mi yo pequeña daba pequeños saltos de alegría, triunfal y nerviosa ante lo que me esperaba.

Me monté en el coche después que él, el calor se agradecía y allí estábamos entre aquellas cuatro "paredes" de metal con los ojos con un brillo especial. De fondo se escuchaba amortiguada la suave lluvia que caía. Deslizó suavemente de nuevo su mano sobre la mía en forma de pequeña caricia mientras me miraba y se acercaba a mí. Nuestras caras a un centímetro. Y yo me moría por que ese centímetro desapareciese, poder probar aquellos labios que habían dado un pequeño vuelco a mi vida a base de pequeñas sonrisas.

Aquel momento solo duró un instante, lo suficiente para hacer que me entrasen ganas de gritar de felicidad. Arrancó el coche y suavemente nos deslizamos por aquel asfalto mojado, recorriendo las calles de la ciudad en silencio y con la luz tenue de las farolas que lo iluminaban. Se escuchaba levemente las canciones que la radio emitía, me acomodé en el asiento.

No sé qué hora sería cuando finalmente nos detuvimos aparcando el coche en una de las pequeñas calles cerca del centro de la ciudad. Le miré incómoda ante aquella situación, aún iba en pijama y con una sudadera. Soltó su cinturón de seguridad y seguidamente el mío llevando seguidamente su mano a mi mejilla, acariciándola. Sonrió de medio lado como él hacía siempre y me miró a los ojos. — No pienses ahora en nada, olvídate de todo y solo disfruta del momento.- Se acercó un poco más inclinando su cuerpo sobre el mío y posó sus labios sobre mi mejilla mientras agarraba con su mano que se había mudado donde yacían sus labios a mi mano, estrechándola cariñosamente.

Cerré los ojos mientras él salía del coche y se acercaba a mi puerta para abrirla. Salí del coche nerviosa y un tanto avergonzada por la situación y esperé a que él cerrara el coche y se acercara a mí. Me cogió de la mano y andamos bajo los balcones de las casas que formaban las calles resguardándonos de la lluvia.

La lluvia comenzó a amainar haciéndose cada vez más fina y escasa a medida que íbamos andando hacía quién sabe donde. Acabamos caminando finalmente por una plaza, al fondo se veían pequeñas luces salir del suelo formando diversas líneas luminosas. — ¿Me has traído a un pequeño aeropuerto low-cost en medio de la ciudad? - Intenté reírme al decir aquello pero la vergüenza de ir así vestida por el medio de la ciudad con gente paseando por las calles me hacía sentir incómoda. Vale, quizás no era tanta gente y solo alguna que otra, igual no sobrepasaban las diez personas con las que nos habíamos cruzado pero... El caso era buscar excusas.

Sonrió ante mi comentario y tiró suavemente de mí para acercarnos a aquel aeropuerto low-cost. Pequeñas lucecitas al lado de los adoquines iluminaban aquel espacio al que me arrastró.

Miré hacia al cielo buscando la proyección de estas en aquel cielo oscuro y nublado. Soltó mi mano y se alejó de mí unos metros, me miraba sonriendo y mientras yo allí daba vueltas sobre mí misma con la cabeza buscando estrellas.

De pronto unos pequeños chorros de agua nacieron del suelo y acabaron empapándome. Rabia, enfado, furia... tantos sentimientos a la vez se hallaban en mi interior en ese pequeño instante acompañado de una risa de fondo amortiguada por el agua. Quería gritar. Y justo cuando lo iba a hacer unos brazos rodearon mi cintura y me estrecharon cariñosamente. Sus labios se posaron en mi cabeza y cerré los ojos, aquella sensación era maravillosa, a pesar de estar rodeados de agua y empapados.

Sonreí girándome en sus brazos hasta que nuestras caras se quedaron enfrentadas. Abrí los ojos y me encontré con los suyos y con esa sonrisa tan irresistible que tantas veces me había provocado en aquella noche. Llevé mis brazos a su cuello entrelazando los dedos de mis manos a la altura de su nuca mientras entreabría la boca como para decir algo... pero no me salían las palabras, o quizás no era eso. Y me aproximé suavemente mi cara a la suya, sin dejar de mirar aquellos ojos que me tenían embelesada. El agua seguía cayendo a nuestro alrededor a distintos intervalos formando ondas y pequeñas cascadas. 



lunes, 9 de mayo de 2016

Con lluvia en las pestañas.

Un escalofrío me recorrió toda la espalda. Él me estrechó aún más contra sí mismo mientras deslizaba sus manos debajo del bajo de mi sudadera y las posaba en mi cintura realizando pequeñas caricias con sus dedos. Estaban calientes y aquel calor se agradecía, incluso llegó a mis mejillas que acabaron sonrojadas. Mi respiración se entrecortó momentáneamente mientras mi corazón empezaba a latir con más fuerza y más deprisa, aquella era la mejor sensación que podía sentir, así me hacía sentir él.

Sonreí a su vez y coloqué mis manos sobre las suyas, aún notaba sus labios sobre mi cuello y el aire de su respiración me producía un pequeño cosquilleo. — ¿Y cuál es mi sorpresa? No creo que puedas superar el tenerte aquí.- Entrecerré los ojos, relajándome en sus brazos mientras flirteaba con él. Mis dedos sobre los suyos y él suavemente los entrelazó.

Como respuesta tuve un pequeño mordisco en el cuello seguido de un beso. Me mordí el labio mientras sentía cómo él se reía suavemente, sus labios se posaron en mi oreja. — Primero tienes que cerrar los ojos y confiar en mí.- susurró. Obedecí de inmediato con un nudo en el estómago de los nervios. 

Me hizo girar sobre mí misma y me agarró con seguridad mis manos. Andamos unos metros, rodeados del suave viento que por momentos se había ido cargando de humedad. Iba a llover de un momento a otro. 

Doblamos un par de esquinas y continuamos andando en silencio por un par de calles. Poco después, tal como había predicho, comenzó a llover y la lluvia nos empezó a cubrir de pequeñas gotas de agua. Nos detuvimos y se separó de mí por un momento, dudé entre abrir los ojos por un instante pero sus dedos rozaron con suavidad mi mejilla y decidí mantenerlos cerrados. Deslizó su dedo pulgar empapado de las gotas de lluvia que habían bañado mi cara por mi labio inferior, separándolo levemente del superior. Un pequeño subidón de adrenalina recorrió todo mi cuerpo y por un instante deseé que posara sus labios sobre los míos.

Posó su mano libre en la parte baja de mi espalda, realizando círculos con su dedo pulgar sobre mi piel y se pegó a mí. Sus labios rozaron suavemente los míos, mojados. Llevé mis manos a su cuello y entrelacé mis dedos con su pelo. Me moría por saber cómo sabían sus labios.

Abre los ojos y mira detrás tuyo. -susurró separándose levemente de mí, sin soltarme. Abrí los ojos y me encontré con los suyos, divertidos y ansiosos. Sonreí. Me giré en sus brazos y miré hacia donde me decía, no vi nada, había vuelto a jugar conmigo. Desilusionada suspiré.

¿Qué tal si lo miramos mejor así..? - murmuró y encendió una pequeña luz de color azul sobre aquella pared. Parpadeé varias veces librándome de las gotas de lluvia que se encontraban en mis pestañas, intentando creerme lo que estaban viendo mis ojos.

En la pared había una flecha apuntando hacia arriba dibujada con una "N" encima. Justo sobre aquel dibujo que brillaba y resplandecía de color luz se encontraba la repisa con una pequeña cajita. Le miré pidiéndole permiso y la cogí. 

Abrí la caja. Dentro había un pequeño mensaje en una hoja de color "este es nuestro punto de partida" y el dibujo de un pequeño coche.  Le miré e hizo un pequeño gesto con la cabeza indicándome un coche. Estreché su mano sonriendo. Aquello no había hecho nada más que empezar. 

martes, 26 de abril de 2016

A la vuelta de la esquina me vale.

Por lo general, mi orden es el caos para otros... pero aquel día, aquel caos lo llegó a ser para mí.

El escritorio estaba lleno de bolígrafos, rotuladores, lápices, folios, algún que otro clip, tickets de algún capricho, los cascos de escuchar música, unos cuantos (¡pero cuántos!) post its de colores repartidos por la mesa, las paredes, las ventanas, los folios e incluso en mi ropa... Y allí estaba yo, tumbada en mi cama boca arriba con la cabeza colgando por un lateral esperando que la sangre que acudiera a esta pudiera nublarme la vista y hacerme desconectar.

La música sonaba suave de fondo. En el suelo reposaba alguna hoja de papel escrita con garabatos que nadie en su sano juicio podría interpretar. El reloj de la mesilla marcaba las 11 y me recordaba a cada instante mi pérdida de tiempo con su monótono sonido, tic-tac, tic-tac, tic- tac. Tic-tac.

Me di la vuelta derrotada y cogí el móvil, una pequeña luz parpadeaba en su pantalla que me hizo sonreír. Lo desbloqueé y allí apareció en aquella pantalla su foto de perfil y un "Hola :)" Sí sí, carita incluida. Mi corazón comenzó a acelerarse como las alas de un pájaro preparado para despegar. Rápidamente le contesté, dejando a un lado tooda mi creatividad (si es que me quedaba algo).

Aunque la conversación siempre empezaba del mismo modo y se daba muy de vez en cuando, no podía evitar sonreír y sentir aquel remolino de emociones que me inundaba cada vez que mi móvil brillaba por él. 
Quiero mimos. - escribí en uno de mis bajones nocturnos.
Y yo...- contestó. Y sabía que el sentimiento era mutuo, suspiré al leerlo.

Y en aquel momento toda la sangre que se me había bajado a la cabeza hizo que perdiera toda cordura y me pusiera a soñar despierta.
:( ¿Nos fugamos? -Escribí riéndome en mi interior.
¿A dónde?- Contestó.
A donde sea. A la vuelta de la esquina me vale.- Escribí riéndome. Qué locura aquella, pero a veces desearía que fuera real. Olvidarme y alejarme de todos aquellos folios, problemas, de la realidad, del aquel suelo que pisaba...
Él se rió. Suspiré. 

Me distraje recogiendo aquel desastre y organizando todos aquellos apuntes. Era tarde y me estaba cayendo muerta del sueño. El móvil vibró sobre la mesilla de noche y la luz volvió a brillar parpadeando. Era él.
¿Dónde estás? ¿Bajas ya? Te estoy esperando.
Parpadeé y pestañeé varias veces. Me estaba vacilando. Seguro.
Baja.
Y sin pensármelo más, me calcé y me puse una sudadera encima del pijama y bajé. El aire nocturno me cortó la sangre según salí del portal. Hacía buena noche, no había rastro de la luna y el cielo brillaba en tono azul oscuro resaltando las pequeñas estrellas que lo poblaban. Avancé por la acera y di la vuelta a la esquina.

Sentí un vacío en el pecho y con ello una desilusión. No había rastro de él. En su lugar, la bombilla de la farola parpadeaba.

Dispuesta a volver a casa, sentí una suave brisa a mi alrededor que se convirtió en un cálido abrazo. Sus brazos rodearon mi cintura y mi espalda quedó pegada a su pecho. Deslizó su barbilla sobre mi clavícula suavemente y me dio un pequeño beso en la mejilla. Sonreí.
¿No pensarías que te había hecho bajar para nada, no?- susurró. —Tengo una sorpresa para ti. - sonrió y me estrechó cariñosamente en sus brazos.


miércoles, 30 de diciembre de 2015

Yo solo busco...

Yo solo busco... que me tiemblen las piernas.
            Que seas de esas que nadie recomienda...

La niebla cubría todos los rincones de aquella calle y comenzaba a calar el gorro de lana que cubría mi cabeza. Pequeñas luces distorsionadas se vislumbraban en aquella blancura. La calle estaba en silencio y la ausencia de nieve en aquellas navidades se había llevado todo.

El espíritu navideño se había esfumado y aquellas luces era lo único que quedaban. El frío típico del invierno aún seguía allí y me congelaba los huesos. Con los brazos cruzados abrazándome a mi misma continué andando hasta llegar a casa.

Entré por la puerta encendiendo la luz de la entrada y dejando a un lado mis zapatos, tenía los dedos congelados y la piel me ardía por el contraste de temperatura. Me dirigí al salón, cogí una manta y me envolví en ella tumbándome en el sofá. Consulté el móvil y dejándolo a un lado cerré los ojos.

Abrí los ojos acalorada, con un cuerpo tumbado a mi lado, abrazándome. Sonreí. Le di un pequeño beso en los labios, se revolvió bajo la manta. Me encantaba tenerlo así, mi niño pequeño. Abrió los ojos y elevó su mirada, y ahí mi cuerpo se deshizo en trocitos. Aquellos ojos marrones brillaban con tristeza. 

- Oye... - susurré a medida que mis brazos le rodeaban. Le abracé con fuerza, mis ojos también tenían ganas de llorar. Pudimos estar así durante media hora tranquilamente, en silencio. Poco a poco nos incorporamos y nos quedamos el uno en frente del otro, abrazados, separados por escasos centímetros que nos permitían mirarnos a los ojos.

Le acaricié la mejilla con delicadeza y recibí un pequeño beso en los labios por su parte, sonreí levemente. - Te quiero. - Susurró y me volvió a abrazar con fuerza. Le acaricié la cabeza despeinándole ligeramente. Un beso en el cuello. Abrazos y más abrazos.

- Cierra los ojos... - murmuré. Obedeció.- No tengas miedo. Todo va a salir bien. - Sonreí mirándole.- Piensa en un lugar, en cualquier sitio que te haga desconectar. Añádele todo aquello que te guste, que te haga sonreír, que te haga feliz. - Susurré y le acaricié la mejilla. 

Se acercó levemente a mí y nuestros labios se rozaron. Cerré los ojos y nos dejamos llevar por el beso, finalizándolo con un abrazo. - Lucha por todo aquello que desees, porque si realmente lo quieres, merecerá la pena. - Sonreí mirándole. Sonrió a su vez y me abracé a él apoyando mi cabeza en su pecho.

Pero cuando esté roto escuchar, 
que merece la pena.

martes, 22 de diciembre de 2015

Aquí.

La sirena de una ambulancia rompió con el monótono ruido de aquella oscura ciudad, el ruido se oía cada vez más cerca. Pequeñas luces procedentes de farolas y edificios describían el perfil de aquel lugar. Me froté un brazo con la mano contraria a fin de reconfortarme. 

Llevaba tiempo allí, en aquellas cuatro paredes que se habían convertido en mi "hogar" en tan poco tiempo. El pitido de aquella máquina se había hecho casi imperceptible a mis oídos, la costumbre. Di unos pasos en dirección a aquella cama que se encontraba en el medio de la habitación. Todo seguía tan tranquilo como siempre.

Me descalcé y me senté sobre ella, me tapé con la fina sábana que la cubría y  me acurruqué junto a aquella respiración que se había convertido en la única compañera de mi soledad. Su cuerpo desprendía calor, a pesar de todo, era lo único que parecía tener vida allí.

Me picaban los ojos, me ardían las mejillas y sin poder evitarlo un par de lágrimas se deslizaron por ellas. Cerré los ojos con fuerza y cogí su mano libre, la estreché con cariño y me pegué aún más a él. Aquello se me hacía una eternidad. Faltaba vida, alegría... su sonrisa entre medias.

Giré la cabeza y le di un beso en la mejilla, acariciando su mano con la yema de mi pulgar. Sonreí levemente. - ¿Sabes? Estoy cansada de que me insistan en comer, no tengo hambre... aunque si estuvieras aquí serías el primero en echarme la bronca y en obligarme... -hice una pausa.- ... te echo de menos y aunque suene estúpido necesito que vuelvas, que "estés aquí". 

Me abracé a él y apoyé mi cabeza sobre su pecho. Las lágrimas llenaron mis ojos y su pijama comenzó a empaparse por las gotas. Me limpié con la mano y sorbí la nariz. - ¿Te acuerdas aquel día en el que estuvimos en la playa? Ha sido uno de los mejores de mi vida, que lo sepas. A pesar de que me tiraras al agua de aquella manera. -Imité una cara de enfadada a pesar de que no pudiera verme y reí. - Quiero que sepas, que no me voy a mover de aquí. Que el tiempo que pase sin que estemos "juntos" es lo de menos y que lo único que necesito es que sigas aquí. - Besé su mano y cerré los ojos con fuerza para evitar llorar. - Y que a pesar de todo, necesito ya esos insultos cariñosos cada mañana, los besos al despertar, las cosquillas que me hacen reír... mirar a esos ojos que me vuelven loca.. - Le acaricié la mejilla y le peiné el pelo con los dedos.- Aún me queda mucho mundo por conocer y sola no me gusta, ya lo sabes. - Sonreí y le di un beso en aquellos labios petrificados.- Te quiero- susurré. 

Y la única respuesta que tuve fue aquel pitido constante y monótono. Era mucho más de lo que merecía. Me acomodé  y cerré los ojos, presionando ligeramente mi mano sobre la suya. No me importaba el tiempo, ni el número de noches. Ni el lugar, ni la gente que pudiera rodearnos... Lo único que importaba era tenerlo.