viernes, 16 de septiembre de 2016

Gravity.

Recordando aquella noche pasada por agua acabó de la misma manera, como un jarrón de agua fría.

Las risas, el agua cayendo alrededor, las miradas de los viandantes, la brisa nocturna casi imperceptible por la euforia y la emoción... me sentí como en una nube. Rodeada de algodón y casi casi flotando sobre el suelo. Aquella noche fue mágica, especial, fue como un pequeño motor que hacía que La Tierra siguiese girando y pareciese no parar nunca.

Pero visto está que las cosas no siempre tienen un final feliz. Que lo que antes llevaba agua ahora está seco, que el frío del invierno ya no se sobrelleva con unos brazos a tu alrededor, ni con una sudadera... ni que las agujas de aquel reloj se pararon para tomarse un respiro. Un respiro quizás largo.

Y allí estaba yo, tumbada sobre aquel edredón que ni de lejos era tan suave ni tan cómodo como aquella nube. El diario abierto por la página que tocaba hoy y poco se diferenciaba de la de los días anteriores, borratajos, cuatro palabras escritas casi sin llegar a tener sentido... Con la mente en otro sitio y bastante lejos de allí. Aquel reloj no volvió a funcionar.

Cuando quise intentar escribir aquel mar de sensaciones y emociones que me inundaba me di cuenta de que mi lapicero se había quedado sin punta. Toda la página estaba llena de pequeños puntitos grises debido al taladro que había realizado con él. Suspiré. Me di la vuelta dejando todo a un lado y miré al techo por un segundo, cerré los ojos.

Costaba creer que a pesar de que todo parecía haberse parado, las horas se hacían eternas, el mundo y la vida seguía moviéndose a la misma rapidez que aquel momento que tanto añoraba. Las agujas no se movían. Seguían quietas. Guardaban su posición como los guardias del palacio de Buckinham.

Uno. Dos. Tres. Cuatro... y las manecillas seguían en su sitio. Uno. Dos. Tres. Cuatro... y todo seguía igual. De vez en cuando se movían un escaso milímetro, muy de vez en cuando. Solo las sonrisas que de vez en cuando me iluminaban las movían. Uno. Dos. Tres. Cuatro... pero el mundo seguía parado. Mi mundo.

Y a pesar de intentar ordenar mi cabeza de un modo u otro, las cosas seguían igual. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Esta vez flotaba pero de forma bien diferente. La fuerza de atracción que movía y hacia bombear aquel corazón ya no existía, en su lugar, algo frío comenzaba a inundar aquel hueco. 

Uno. Dos. Tres. Cuatro. 

Y las manecillas se congelaron.

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