miércoles, 30 de diciembre de 2015

Yo solo busco...

Yo solo busco... que me tiemblen las piernas.
            Que seas de esas que nadie recomienda...

La niebla cubría todos los rincones de aquella calle y comenzaba a calar el gorro de lana que cubría mi cabeza. Pequeñas luces distorsionadas se vislumbraban en aquella blancura. La calle estaba en silencio y la ausencia de nieve en aquellas navidades se había llevado todo.

El espíritu navideño se había esfumado y aquellas luces era lo único que quedaban. El frío típico del invierno aún seguía allí y me congelaba los huesos. Con los brazos cruzados abrazándome a mi misma continué andando hasta llegar a casa.

Entré por la puerta encendiendo la luz de la entrada y dejando a un lado mis zapatos, tenía los dedos congelados y la piel me ardía por el contraste de temperatura. Me dirigí al salón, cogí una manta y me envolví en ella tumbándome en el sofá. Consulté el móvil y dejándolo a un lado cerré los ojos.

Abrí los ojos acalorada, con un cuerpo tumbado a mi lado, abrazándome. Sonreí. Le di un pequeño beso en los labios, se revolvió bajo la manta. Me encantaba tenerlo así, mi niño pequeño. Abrió los ojos y elevó su mirada, y ahí mi cuerpo se deshizo en trocitos. Aquellos ojos marrones brillaban con tristeza. 

- Oye... - susurré a medida que mis brazos le rodeaban. Le abracé con fuerza, mis ojos también tenían ganas de llorar. Pudimos estar así durante media hora tranquilamente, en silencio. Poco a poco nos incorporamos y nos quedamos el uno en frente del otro, abrazados, separados por escasos centímetros que nos permitían mirarnos a los ojos.

Le acaricié la mejilla con delicadeza y recibí un pequeño beso en los labios por su parte, sonreí levemente. - Te quiero. - Susurró y me volvió a abrazar con fuerza. Le acaricié la cabeza despeinándole ligeramente. Un beso en el cuello. Abrazos y más abrazos.

- Cierra los ojos... - murmuré. Obedeció.- No tengas miedo. Todo va a salir bien. - Sonreí mirándole.- Piensa en un lugar, en cualquier sitio que te haga desconectar. Añádele todo aquello que te guste, que te haga sonreír, que te haga feliz. - Susurré y le acaricié la mejilla. 

Se acercó levemente a mí y nuestros labios se rozaron. Cerré los ojos y nos dejamos llevar por el beso, finalizándolo con un abrazo. - Lucha por todo aquello que desees, porque si realmente lo quieres, merecerá la pena. - Sonreí mirándole. Sonrió a su vez y me abracé a él apoyando mi cabeza en su pecho.

Pero cuando esté roto escuchar, 
que merece la pena.

martes, 22 de diciembre de 2015

Aquí.

La sirena de una ambulancia rompió con el monótono ruido de aquella oscura ciudad, el ruido se oía cada vez más cerca. Pequeñas luces procedentes de farolas y edificios describían el perfil de aquel lugar. Me froté un brazo con la mano contraria a fin de reconfortarme. 

Llevaba tiempo allí, en aquellas cuatro paredes que se habían convertido en mi "hogar" en tan poco tiempo. El pitido de aquella máquina se había hecho casi imperceptible a mis oídos, la costumbre. Di unos pasos en dirección a aquella cama que se encontraba en el medio de la habitación. Todo seguía tan tranquilo como siempre.

Me descalcé y me senté sobre ella, me tapé con la fina sábana que la cubría y  me acurruqué junto a aquella respiración que se había convertido en la única compañera de mi soledad. Su cuerpo desprendía calor, a pesar de todo, era lo único que parecía tener vida allí.

Me picaban los ojos, me ardían las mejillas y sin poder evitarlo un par de lágrimas se deslizaron por ellas. Cerré los ojos con fuerza y cogí su mano libre, la estreché con cariño y me pegué aún más a él. Aquello se me hacía una eternidad. Faltaba vida, alegría... su sonrisa entre medias.

Giré la cabeza y le di un beso en la mejilla, acariciando su mano con la yema de mi pulgar. Sonreí levemente. - ¿Sabes? Estoy cansada de que me insistan en comer, no tengo hambre... aunque si estuvieras aquí serías el primero en echarme la bronca y en obligarme... -hice una pausa.- ... te echo de menos y aunque suene estúpido necesito que vuelvas, que "estés aquí". 

Me abracé a él y apoyé mi cabeza sobre su pecho. Las lágrimas llenaron mis ojos y su pijama comenzó a empaparse por las gotas. Me limpié con la mano y sorbí la nariz. - ¿Te acuerdas aquel día en el que estuvimos en la playa? Ha sido uno de los mejores de mi vida, que lo sepas. A pesar de que me tiraras al agua de aquella manera. -Imité una cara de enfadada a pesar de que no pudiera verme y reí. - Quiero que sepas, que no me voy a mover de aquí. Que el tiempo que pase sin que estemos "juntos" es lo de menos y que lo único que necesito es que sigas aquí. - Besé su mano y cerré los ojos con fuerza para evitar llorar. - Y que a pesar de todo, necesito ya esos insultos cariñosos cada mañana, los besos al despertar, las cosquillas que me hacen reír... mirar a esos ojos que me vuelven loca.. - Le acaricié la mejilla y le peiné el pelo con los dedos.- Aún me queda mucho mundo por conocer y sola no me gusta, ya lo sabes. - Sonreí y le di un beso en aquellos labios petrificados.- Te quiero- susurré. 

Y la única respuesta que tuve fue aquel pitido constante y monótono. Era mucho más de lo que merecía. Me acomodé  y cerré los ojos, presionando ligeramente mi mano sobre la suya. No me importaba el tiempo, ni el número de noches. Ni el lugar, ni la gente que pudiera rodearnos... Lo único que importaba era tenerlo.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Razones con hielo.

La suave brisa nocturna acariciaba mis mejillas, había llovido la noche anterior y en la calle aún se podía notar la humedad. Sonreí nerviosa. Me llevé las manos hasta mis ojos cubiertos por una venda, al fondo se escuchaba el leve susurro del motor de un coche. A aquellas horas no había mucha gente por la calle.

Unos labios se posaron sobre mi pelo y se deslizaron hasta mi oreja. - Ya falta menos.- El calor que desprendió sobre la piel fue como una caricia a mi cuerpo. Encendió ese calor interno que recorría mi cuerpo, que me hacía sentir viva, cada vez que nos encontrabamos cerca. Se posaron esos labios suaves de nuevo de forma fugaz sobre mi cuello e hizo que se  me erizaran los pelos.

Su mano cogió la mía y la estrechó suavemente con una caricia de su pulgar. Le escuché sonreír y un manojo de nervios recorrió todo mi cuerpo, mi tripa y en un instante me hallaba dando vueltas sobre mi misma notando la suave brisa que producía el vuelo de mi vestido azul marino. Me sentí como una niña pequeña, una niña pequeña y feliz.

Me guió en mi oscuridad y me hizo detenerme en frente de aquel ruido de motor. Una puerta se abrió y poco después la crucé hasta sentarme en el asiento de aquel coche que olía dulcemente a vainilla por su ambientador. Lo conocía a la perfección. Las horas que había permanecido allí dentro de él recorriendo miles de lugares había creado un vínculo de cariño entre ambos. Me coloqué, cómodamente y  me puse el cinturón a ciegas mientras él se disponía a ocupar su asiento. Un "click" me hizo sentir segura y a la vez más nerviosa aún.

Una suave música salía del reproductor, tranquilizadora y cercana, una de mis canciones favoritas. Nos manteníamos en movimiento librando un par de semáforos que hicieron una pausa en nuestro camino. Escuchaba su respiración tranquila siendo el fondo de la mía que iba al compás del latido de mi corazón. Deslizó su mano sobre mi pierna y la acarició con cariño con la yema de sus dedos tratando de tranquilizarme. De nuevo ese calor. Posé mi mano sobre la suya y sonreí.

El silencio se mantuvo durante todo el trayecto en coche hasta nuestro destino, mi misterioso destino. El coche hizo que el silencio se hiciese más notable al apagarse el motor. Sentí una leve caricia en mi oreja izquierda que me produjo un escalofrío. Poco después me quedé sola en aquel habitáculo. Mi puerta se abrió y la leve caricia del viento me abrazó en aquella oscuridad.

Me soltó el cinturón y me ayudó a salir. El frío me congeló instantáneamente los huesos y mi pelo se alborotó debido a la brisa. Su mano izquierda me sujetó la cintura mientras que la derecha recorría mi mejilla casi sin percibir su contacto. Notaba su proximidad, el calor que desprendía su aliento era como una vela que me iluminaba en la oscuridad. Sus labios se posaron en los míos y nos fundimos en un suave beso que me hizo olvidarme del frío. Sonreí finalmente en sus labios y sus brazos me rodearon volviendo a convertirme en aquella niña pequeña que aún vivía dentro de mí.

Caminamos en la oscuridad, yo en la mía propia, por un camino que solo al final sabría a donde me llevaba. Nos detuvimos en silencio y sus brazos me rodearon por la espalda, colocó sus manos sobre mi tripa. - ¿Estás lista? - Susurró dándome seguidamente un beso en el cuello. Asentí y sus manos se dirigieron al nudo de mi venda en la parte posterior de la cabeza. Deshizo el nudo con suavidad y me libró de la venda que me había mantenido en aquella oscuridad.

Los ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la luz, mi cara de sorpresa se hizo notar al ver aquel paisaje. Miles de lucecitas se veían a lo lejos describiendo la ciudad e iluminando inocentemente el relieve de aquel paraje. - Me encanta... - Fue lo único que pude decir. Su mano cogió la mía y le dio un leve apretón. Sabía como sorprenderme siempre por muy estúpidas que fueran las cosas que me hacían feliz y me encantaban. Me giré hacia él y sonreí dándole un beso en la mejilla.- Gracias.- dije en un susurro.

- No pienses que esta es mi sorpresa, porque es solo el principio, no te he hecho vestirte así solo para enseñarte esto en medio de la nada. - Sonrío y le imité.- Aún así sabes que me encanta y ... - Me calló colocando su dedo índice sobre mis labios.

- Te he traído aquí porque me parecía un lugar ideal para decirte lo que nunca te he dicho pero que siempre lo has intuido. Sin secretos, sin normas, sin nada que me impida ser sincero... sabes que nunca se me ha dado bien esto y que para mí no es fácil... pero quiero que sepas que te quiero, ...- Mis ojos empezaron a sentirse débiles y doloridos, no perdían su mirada.- ... que desde la primera vez que te vi supe que si te dejaba entrar en mi vida la ibas a poner patas arriba y lo hiciste. Que te quiero y que quiero estar el resto de mi vida contigo, sea donde sea, nos lleve el tiempo que nos lleve...-

Y sin poder evitarlo y con las lágrimas de mis ojos desbordándose sin previo aviso, le besé. Le besé como nunca antes le había besado y después lo abracé deseando que aquel momento fuese verdad, que nunca se acabara. Noté sus lágrimas también sobre mis hombros desnudos y alcé la cabeza para mirarle a los ojos. - Yo también te quiero y siempre te querré, idiota. - Le di un pico en los labios y le volví a abrazar. Sus manos recorrieron toda mi espalda durante el abrazo que duró un rato. Me aliviaba del frío y me mantenía pegada a él y a la tierra tras tantas emociones.

Me separó levemente para mirarme y decirme. - Toca la siguiente parada... va a ser una noche muy larga llena de sorpresas ¿Preparada para empezar?. - Sonrió y asentí. - Preparada para seguir disfrutando de cada instante contigo. - Cogí su mano y entrelacé mis dedos con los suyos con fuerza.- Te quiero. -susurró.- Te quiero.-

domingo, 22 de noviembre de 2015

Inserte título aquí.

Los días pasaron. La pantalla de mi móvil se seguía iluminando pero cada vez con menor frecuencia, los mensajes y las llamadas perdidas no dejaban de aumentar; y a pesar de todo, allí seguía yo en aquella esquina de mi habitación sentada en el pequeño "puff" púrpura que se enfrentaba a la ventana con los auriculares puestos intentando distraerme con la música.

Afuera en la calle hacía frío. El invierno comenzaba a hacer acto de presencia y las hojas que antes cubrían el suelo comenzaban a entretejerse por la fina capa de hielo de las heladas nocturnas. El viento soplaba ligeramente y agitaba las copas y las ramas de los árboles. Imaginarme estar fuerza me hizo sentir un escalofrío.

Me levanté, cogí la manta que cubría la parte inferior de mi cama y me senté de nuevo en aquel "puff", arropándome con esta, y continué dibujando el árbol solitario que se encontraba en frente de mi casa.

Poco después alcé la vista y una silueta oscura se acercó al porche de mi casa. Sentí curiosidad y me levanté quitándome los auriculares y dejando a un lado el bloc de dibujo y el lápiz. El timbre sonó. Me acerqué a la barandilla de la escalera y asomé levemente hacia la puerta de la entrada a hurtadillas a fin de identificar al sujeto. Los pasos de mi madre resonaron por el parqué hacia la entrada y abrió la puerta.

Bruce apareció en el umbral de la puerta. Mi cara de sorpresa no pareció ser la única en el lugar, mi madre también la debía de tener por su reacción aunque no la pude llegar a ver. - Ho.. hola Bruce, ¿Qué tal estás? No sabía que ibas a venir, pasa - hizo un ademán con la mano invitándolo a entrar- Sarah está arriba. ¿Hace mucho frío en la calle? Tienes pinta de estar helado. - mi madre le tocó la mejilla y le cogió la cazadora casi casi desvistiéndole. Fue graciosa la escena, en todo aquel tiempo mi madre le había cogido tanto cariño que era normal su reacción. - Sube, ahora os subo algo caliente para merendar. -Mi madre sonrió y se alejó dejándole solo al pie de la escalera.

Se lo pensó dos veces antes de poner un pie sobre el primer escalón. Aquello me dio tiempo para alejarme de puntillas de la escalera hacia mi habitación, conseguí volver la puerta unos segundos antes de que él llamara con los nudillos en esta y asomara levemente su cabeza. Tardé unos segundos en reaccionar, fingiendo estar distraída y volví la cabeza hacia él. Nuestras miradas se cruzaron después de tanto tiempo y sentí un nudo en el estómago que no sabría ni como describirlo.

El silencio se hizo pesado e incluso un tanto doloroso.

Abrió la puerta sin dejar de mirarme. - Tu madre me ha dejado entrar, ¿puedo pasar? - En ese momento las palabras no llegaron a salir de  mi boca. Su rostro delataba todo aquello que había sufrido en los últimos días. Me sentí más culpable que nunca. Conseguí a duras penas asentir y tras mi señal afirmativa se acercó  y se sentó al borde de mi cama, como solía hacer, solo que esta vez parecía que nos separaban una  multitud de kilómetros. 

El silencio se mantuvo y poco después apareció mi madre con una bandeja con chocolate caliente y algunos que otros dulces. Fingimos sonrisas y le dimos las gracias y después se fue. Ninguno de los dos nos preocupamos si quiera por la comida, aunque el chocolate cambió el aroma de la habitación y pareció relajar levemente el ambiente, cosa que se agradecía.

Agaché la mirada e intenté distraerme mirando y jugando con mis dedos. Me dolía tanto mirarle que era incapaz de hacerlo. Mi móvil vibró en mi cama y parpadeó un instante la luz de la pantalla; lo cogí y lo dejé boca abajo en la mesilla. - Has estado ignorando todos mis mensajes, mis llamadas...  a mí... - dijo en un hilo de voz. - Suspiré y las lágrimas llenaron mis ojos, no sabía que decir. - ¿Qué te pasa Sarah? Si he hecho algo mal contigo ... me gustaría que me lo dijeras.. no me gusta estar así, llevo días casi sin dormir, preguntándome qué hice mal para que salieras así huyendo... por favor..

- Lo siento. - Fue lo único que salió en un suspiro de mi boca. Proseguí sin mirarle.- En realidad no hiciste nada malo, he sido yo, todo es culpa mía y no sé cómo explicarlo porque sinceramente no sé qué es lo que pasa... Me agobié y salí huyendo, lo siento. - Su mano se acercó a las mías y la colocó encima, haciéndome detener aquel patético juego. Se me cortó la respiración al sentir su mano y tragué saliva. - No quería hacerte daño, me equivoqué actuando así, pero para mí algo ha cambiado, las cosas no son como antes, no sabría decirte por qué. - Aunque en realidad sí lo sabía, pero aún así, para mí también era un misterio por qué mis sentimientos habían cambiado tan de repente. 

-Podemos volver a intentarlo... te daré el espacio que necesites, lo que sea pero no puedo perderte. - Bruce se acercó aún más. Levanté la mirada y mis ojos vidriosos se encontraron con los suyos suplicantes. Negué levemente la cabeza a la vez que hablaba. - Lo siento pero... no creo que pueda.. - Se acercó aún más, tanto que sus labios casi podían rozar los míos. En un suave movimiento, agaché la cabeza desviando mis labios de la trayectoria de los suyos. Un suspiro salió de su boca. - Será mejor que me vaya... - dijo. Asentí y noté como se levantaba de la cama y como su presencia se alejaba hasta desaparecer tras la puerta. 

Respiré. No sabría decir si más angustiada que antes o no, todo aquello me resultó abrumador. Cogí el móvil, abrí el chat de Stephan y escribí.

Necesito verte.: Yo

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Last train.

"I'll wrap my hands around your neck so tight with love, love, love... A thousand times I tempted fate, A thousand times I played this game, A thousand times that I have said, To..."

Me quité los auriculares y los dejé colgado alrededor de mi cuello mientras me disponía a abrir la puerta de casa. Estaba cansada, llevaba ya días entrenando fuerte y aquello me estaba pasando factura. 

Abrí finalmente la puerta y entré cerrándola tras de mí, dejé las llaves en el mueble de la entrada y entré a mi habitación. Una pequeña luz rosa procedente de mi móvil iluminaba de forma intermitente aquel lugar, alguien me había escrito. Cogí una toalla que colgaba del pico de la puerta y me la pasé por la frente y el cuello secándome el sudor mientras me acercaba a coger el móvil y mirar de quién procedían aquellos mensajes. 

Lo desbloqueé y allí estaban... Cuatro mensajes de él. Suspiré y los ignoré, necesitaba despejarme y relajarme antes de enfrentarme a ello. Necesitaba una ducha. 

[...]

Ya cambiada me dejé caer en la cama con el móvil en la mano, leyendo detenidamente los mensajes recibidos. Había dos nuevos. Suspiré y me armé de valor para contestarle, algo simple, sin mucho sentimiento... Hacía ya días que aquello no era lo mismo, que la relación con aquel chico con el que llevaba compartiendo mi vida tanto tiempo había cambiado, había perdido el color y todo mi interés hacia él.

Un mensaje nuevo. Vi el nombre del autor en la parte superior de la pantalla y sonreí involuntariamente. Accedí a la conversación y le contesté. En su perfil ponía "Escribiendo...". Parecía ayer cuando le conocí. Sthepen era un compañero de clase. Nos habíamos conocido a principio de curso y en seguida nos hicimos amigos. Era simpático, alto y fibrado sin llegar a estar mazado con unos increíbles ojos de color verde claro que contrastaban con su pelo negro carbón. Tenía un aire misterioso que hacía que te fijaras en él sin quererlo.

Sthepen: Te recuerdo que tenemos que hacer el trabajo de clase esta tarde.
Lo sé, a las 4 estaré en la universidad :Yo
Sthepen: Allí te veo :P

Sonreí apagando la pantalla del móvil y levantándome para prepararme.

[...]

La tarde se desenvolvió tranquila y resultó ser muy relajante. Estuvimos haciendo el trabajo entre risas y tonterías. Me sentía a gusto con él, sabía como animarme y como hacer que todo fuera más ameno.

Llegué a casa y recogí las cosas que tenía dispersas por la habitación. Un pitido me sobresaltó. Cogí el móvil y  miré la pantalla. Se me había olvidado por completo que había quedado con Bruce aquella tarde, decía que en breve llegaba. Y así fue, en cuestión de minutos sonó el timbre y tras la puerta de mi habitación se asomó aquel chico que me resultaba incluso un tanto desconocido, sonriente.

Se sacudió su corto pelo castaño de las pequeñas gotas de agua que lo cubría de la condensación. Su sonrisa y su silueta atlética se acercó a mí, buscando mis ojos con los suyos. Con un brazo me rodeó la cintura y agachó su cabeza (era más alto que yo) para darme un pequeño beso sobre los labios. Sonreí incómoda y me abracé a él para evitar mirarle a los ojos.

- He pensado que igual te apetecía ir a dar un paseo por el parque... está precioso con las hojas caídas.- Asentí en sus brazos y me separé de él para buscar mi abrigo y mi gorro. Me abrigué y nos dispusimos a salir de casa.

Paseamos en silencio hasta el parque, bueno, yo paseé en silencio escuchando todas las anécdotas y sucesos que le habían ocurrido durante todo el día. Tenía razón, el otoño había dejado una estampa espectacular llena de colores. Comenzamos a pasear por uno de los caminos de tierra que bordeaban las diferentes fuentes y árboles del parque, soplaba una suave brisa que hacía que las hojas de los árboles se deslizaran más lentamente hasta que finalmente tocaban el suelo. Una lluvia amarilla de hojas.

Pensándolo bien, no me reconocía a mi misma. Cómo podía ser que aquella chica que estaba allí, dada de la mano de un chico espectacular que muchas envidiaban, se diferenciara tanto de la que horas antes había estado sentada en una biblioteca riéndose. Me paré en seco y le solté la mano.

- ¿Sarah? - Bruce se giró y me miró sin comprender. Me cerní a mirar al suelo, a las hojas que se encontraban bajo mis botas y a mi alrededor. Me encogí levemente de hombros y bajé mi cazadora de las mangas para conseguir ocultar mis manos en ellas.

No me salían las palabras, no sabía muy bien qué decir, ni qué pensar... - Lo siento, pero yo no puedo seguir así... Se acabó, lo siento.- Y sin mirarle si quiera a los ojos me di la vuelta y eché a correr. El viento comenzó a soplar más fuerte y el frío me azotó las mejillas que comenzaron a dolerme. No sabía donde ir, no sabía si volver, dejé llevarme.

Me detuve en una puerta y toqué el timbre. En cuestión de segundos se abrió ante mí y un rostro desconcertado me miró al otro lado de esta. Me ardían las mejillas y a pesar de que estaba helada tenía calor de la carrera. Mis ojos se cruzaron con los suyos, acercó su mano a la mía que la tenía apoyada en el marco de la puerta mientras intentaba recuperarme.

Su contacto me dio un calambre un tanto especial y sin pensármelo, cogí aire y me acerqué a él lo suficiente como para posar mis gélidos labios en los suyos. Cerré los ojos y todo fue muy rápido. Un instante después tenía mis manos enredadas en su pelo en la nuca y en su cuello. Las suyas a la altura de mi pecho desabrochándome el abrigo. Se separó levemente de mí, para poder mirarme y me quitó el abrigo sin perderme de vista y tras este, el gorro.

Bajó su cálida mano por mi cuello, rozando mi hombro, recorriendo mi brazo hasta acariciar el dorso de mi mano con su pulgar.  Miré aquellos ojos verdes con lágrimas en los ojos y sin evitar aquel contacto me abracé a él.

Me guió hasta su habitación. Notaba como mi móvil vibraba en el bolsillo de mis pantalones, cada vez con mayor frecuencia, aproveché para echarle un vistazo en lo que Stephen se fue a la cocina a por un vaso de agua, pero no me hacía falta mirar para saber de quién eran todas aquellas notificaciones.

20 llamadas perdidas. 87 Whatsapp.

Bruce <3 : Sarah?
[...]
Bruce <3 : Por favor, contéstame, necesito una explicación de todo esto.
[...]
Bruce <3 : Sarah, estoy preocupado, llámame.
[...]
Bruce <3 : Te quiero.

Aquellos eran solo alguno de todos los que había recibido. Me giré y vi a Sthepen apoyado en el marco de la puerta con un vaso en la mano. Me incorporé de rodillas dejando el móvil a un lado y le hice señales para que se acercase. Dejó el vaso de agua en la mesa y se acercó al borde de la cama, le cogí de la mano y le hice sentarse a mi lado.

- Sarah.. ¿Por qué? - Su voz sonaba dulce y con matices de sorpresa. Eso hacía que todo su misterio me cautivara aún más. Me encogí de hombros y llevé mi mano a su mejilla, le acaricié con delicadeza sin dejar de mirarle a los ojos. Sonreí y a su vez lo hizo él. Nos acercamos poco a poco hasta que  nuestros labios se rozaron.

Comenzó a vibrar y a brillar de forma intermitente la pantalla de mi móvil. Miré de reojo. Llamada de Bruce. Noté la mirada de Stephen clavada en mí, le miré mientras cogía a tientas el móvil con la mano. Pulsé la tecla de apagado hasta que el móvil dejó de emitir señal de vida alguna. Sonreí dejándolo a un lado y le volví a besar. Stephen me siguió el beso, me rodeó con sus brazos y en un movimiento me colocó sobre sus piernas.

Todas mis preocupaciones se fueron de un carpetazo.

sábado, 31 de octubre de 2015

Por si lo quieres.

".. Cuando un beso llega tarde y se entretiene con un adiós charlando sobre el olvido es cuando muere un amor..." Se escuchaba de fondo en el reproductor.

Llevaba toda la tarde tirada en la cama, dando vueltas sobre mí misma esperando a que llegar el momento por el que mereciera la pena salir de allí.

El suelo estaba lleno de hojas de papel y bolígrafos esparcidos, un huracán podrían haber sido el causante de tal caos, pero el verdadero culpable era el aburrimiento, la angustia. Ningún dibujo había conseguido escaparse de la cárcel de mi cabeza para tomar vida y libertad en un papel. Nada claro.

Era incluso más frustrante el no poder desestresarse como normalmente hacía que aquello que verdaderamente me atormentaba. Pulsé las teclas de mi móvil y nada excepto la hora y la batería habían cambiado en el salvapantallas.
Sin tí sería silencio.

La puerta de mi habitación se abrió e iluminó a través de la pequeña abertura mi universo sin luz. Envuelta en el edredón me giré para ver cuál era el motivo por el que se iluminaba. Aparecieron sus ojos, su sonrisa... y poco a poco él entero, cerró tras de sí la puerta y dejó una mochila en el suelo. Se descalzó y se acercó  poco a poco a mi cama, a mí, y cuidadosamente se sentó en el borde. Alzó su mano y la llevó a mi pelo para colocármelo detrás de la oreja. Le miré con ojos dudosos, tristes y apagados. Volvió a sonreír. 

Odiaba lo que aquel inocente gesto producía en mí. Calmaba cualquier tormenta, hacía que me tranquilizara y que no existiera nada más que él. Entre abrí los labios para reprocharle y al instante los volví a cerrar. Cerré los ojos y suspirando me volví a girar sobre mí misma ocultándome tras el edredón.

No podía ser que siempre acabara haciendo lo mismo, que siempre volviera y pretendiese que las cosas siguieran como siempre, como si nada. 

Se tumbó junto a mí y me abrazó. Intenté reprimir mis lágrimas pero no fue posible, lloré en silencio en su presencia y con odio sin poder hacer nada. 

Me tranquilicé y me incorporé. Me alejé de él y me libré del edredón para sentarme a los pies de la cama mirando la ventana. Noté su mirada en mi espalda pero lo obvié. 

La luna brillaba y las estrellas le ayudaban a iluminar aquel cielo nocturno. Hacía frío pero en casa se estaba a gusto. 

Deseé perderme en aquel cielo. Estar rodeada de miles de pequeños astros que me hiciesen pasar inadvertida. De sentirme pequeña e insignificante en aquel universo, pero la tierra demandaba mi presencia y poco más pude evadirme.

No supe si hablar, si dejar que él empezara.

No puedo seguir estando callada ni fingir que no pasa nada. - agaché la cabeza y suspiré para armarme de valor. — Creo que lo mejor sería que..

Y se apagó la luz.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Allá donde vaya, te vienes tú conmigo.

Y hay días en los que resulta imposible no acordarse de él.

Días en los que echas la vista atrás y añoras y deseas que aquellos años nunca se acabasen.
Días en los que realmente te sientes querida y afortunada de poder haber vivido arropada por alguien tan ajeno y a la vez tan familiar.

Por muchos días que puedan pasar y pasen hay cosas que nunca se olvidan y de las que te tengo que estar muy agradecida.
 Por enseñarme todos aquellos valores que me hicieron crecer como persona, como atleta y que me inspiraron y me inspiran cada día por llegar a ser entrenadora.
 Por todas aquellas riñas, llantos, sonrisas y risas que me acompañaron en todos los momentos sin importar que fueran buenos o malos. Siempre ahí.

Porque por muchos días que pasen, por muchas tormentas que caigan y por muchos obstáculos que tenga que superar... te prometo que seguiré corriendo y luchando hasta poder alcanzarte y parecerme a ti. Por disfrutar enseñando y por seguir ayudando tanto como tú hiciste conmigo.

Gracias por ser mi ejemplo a seguir. Gracias por demostrarme y por haberme permitido disfrutar de lo que ser entrenador significa. Gracias por ayudarme a crecer, a seguir mirando hacia adelante; por ayudarme a levantarme y hacerme seguir con una sonrisa. Gracias por no juzgarme, por aceptarme tal cuál era, por apoyarme en cualquier ilusión, sueño o meta que me plantease independientemente de que fuera deportiva o no. Gracias por demostrarme que los ángeles existen.

Gracias por haberme ayudado a llegar a ser quien soy.

Pero sobre todo.

Gracias por ser tú.

Por muy lejos que estés, por muchos kilómetros que nos puedan llegar a separar, solo tengo que decirte que allá donde vaya siempre estarás conmigo, que todo lo que consiga será en parte gracias a ti; que nunca te estaré lo suficientemente agradecida por todo y que siempre te voy a querer.

viernes, 31 de julio de 2015

Una cárcel sin salida.

Risas se escuchaban a mi alrededor, la gente iba y venía y el lugar cada vez me parecía más oscuro, estaba anocheciendo. Estaba allí sentada, en una silla, sintiendo como el mundo se volvía un poco más abstracto a mi alrededor. Me movía, reía a su vez con ellos y cada gesto que hacía me parecía cada vez más surrealista.

Pasaron los minutos, alguna hora incluso y parecía no haberme movido ni un centímetro de aquel sitio. Todo seguía en su sitio, había menos gente, menos luz... pero la esencia seguía siendo la misma. Comencé a andar. Conocía el sitio y aún sabía cómo moverme pero el lío que tenía al principio en la cabeza seguía allí, dándole vueltas y más vueltas.

Paso a paso fui siguiendo el camino que me llevó a una playa, se volvían a escuchar risas acompañadas del sonido de las olas. Respiré hondo y la suave brisa marina inundó mis pulmones. Me descalcé lentamente y dejé a un lado las zapatillas. Comencé a andar hacia la orilla esperando el escalofrío que me devolviese a la realidad por parte del agua fría. El agua mojó mis pies y nada de lo esperado ocurrió. Suspiré y miré al horizonte, vi aquella gran luz parpadeante que no dejaba de brillar. La fiesta seguía en la playa.

Oí mi nombre a lo lejos y vi cómo se acercaba alguien corriendo entre las olas hacia mí. Pocos segundos después allí estaba, frente a mi con una sonrisa y voz divertida. No era quién me esperaba. La sonrisa se desdibujó de mis labios y traté ansiosamente de huir, alejarme de allí. Todo era demasiado abrumador. Miré a mi alrededor intentando identificar a alguien de aquellas siluetas felices y contentas que me rodeaban. Mis ojos se cruzaron con los suyos y en ese momento supe que tenía que alejarme de allí.

Torpemente salí del agua y anduve con dificultad por la arena en busca de mis zapatillas, las localicé y seguí el camino que había recorrido con anterioridad a la inversa. Llegué a una superficie de madera, una especie de pasarela y decidí correr sobre ella dejándome llevar a donde quiera que fuera a parar. Unos minutos después me paré y sin poder evitarlo, mis ojos comenzaron a llorar. Salté al 'vacío' de arena que se hallaba bajo mis pies al lado de la pasarela, caí e intenté limpiar mis mejillas con mis manos. 

Seguí caminando, dejé caer las zapatillas y unas dunas después encontré otra playa resguardada entre las rocas. Me acerqué hacia la orilla y mis pies se volvieron a bañar con el agua. Seguía llorando y me di por vencida. Me senté a la orilla entre la oscuridad, abracé mis piernas apretándolas contra mi pecho. Todo seguía igual, nada iba a cambiar. Aquella era mi cárcel.

Caí cansada después de tanto llorar, casi incluso me quedé dormida en aquella posición y me acabé de despertar cuando unos brazos me rodearon por la espalda. Giré mi cabeza como acto reflejo para intentar averiguar su identidad y me topé con su sonrisa. Me besó en la frente y sentándose detrás mío me atrajo hacia sí, sus brazos se cerraron aún más a mi alrededor.

Pegó su cabeza a la mía y sus labios se separaron, cerré  los ojos con fuerza intentando reprimir las lágrimas que aún se resistían. — Te he estado como un loco buscando. Te echaba de menos.- Sus brazos me rodearon mi cintura y me dio de nuevo un beso en la cabeza. — ¿Todo bien?- Me encogí de hombros y enterré mi cara entre mis brazos.  — Son demasiadas cosas... una no se quita las cosas de la cabeza de un día a otro por mucho que lo intente y hay ciertas cosas que verlas, hace daño.- Suspiré y apreté con más fuerza aún mis piernas. —La gente siempre decepciona, en cuanto ve que se le complican las cosas y se salen fuera de sus planes siempre acaba fallando.

Levanté la cabeza mirando hacia el cielo. Estaba cubierto de estrellas. Tan lejanas y a la vez tan próximas. Su mano derecha se deslizó entre mi pelo y me lo colocó detrás de las orejas, como a una niña pequeña. — ¿Y huir de esta manera es la solución? Digo, volviéndome loco buscando a una enana como tú en un sitio como este.- No lo dijo enfadado y no sé por qué aquello me hizo sonreír levemente. Negué con mi cabeza y la giré levemente para poder mirarle. — No, pero siempre hay que dejar las cosas ir si no se van a utilizar, si no se van a vivir. Retener las cosas solo hace daño y ningún bien para ninguno.- Me encogí de hombros y sonreí. — Además, yo qué culpa tengo de que seas un negado y no sepas buscar.- Añadí riéndome mientras él me miraba levemente mal y me abrazaba acto seguido.

Me acurruqué en su pecho pegando mi frente a su cuello, suspiré y me abracé con fuerza. — Bueno, he de reconocer que el sitio no está mal pero... los hay mejores.- Susurró mientras me abrazaba y miraba al cielo. Le imité. — Siempre he querido poder fugarme  a un aeropuerto de noche, tumbarme y ver despegar y aterrizar aviones.- Sonreí haciendo una batida al oscuro cielo estrellado en busca de algún pequeño punto de luz móvil. — No tendremos ninguno cerca, pero podemos imaginárnoslo. - Le miré y sonreí a la vez que él. Asentí con la cabeza y acto seguido cerré los ojos.

Y en mi cabeza aquella pequeña idea empezó a tomar forma. La pista de aterrizaje llena de luces, la torre de control alta e iluminada, el silencio nocturno y la aproximación de pequeñas luces de colores que a medida que se acercaban iban tomando forma... — Mira, ¿Ves ese avión enorme que está por la pista apunto de despegar? Pues que sepas que te va a despeinar...- Susurré y acto seguido comencé a reírme. — Con que despeinarme, ¿no?- Le escuché reírse levemente e instantes después me hallaba en sus brazos, en movimiento. Abrí los ojos y vi cómo echaba a correr hacia al agua conmigo. 

Instantes después el agua nos mojó. Estaba fría pero en aquel momento no me importó, solo recuerdo que reíamos y que nos perseguíamos con dificultad por esta. En un torpe intento de pegarle, me zafó entre sus brazos y me quedé mirándole, sus ojos brillaban y su sonrisa como siempre, era cálida. Intenté revolverme para conseguir soltarme pero él me sujetó con firmeza impidiéndome salirme con la mía. Me perdí en sus ojos y nuestros rostros se aproximaron aún más. 

Nuestros labios mojados se rozaron y escasos instantes después se entrelazaron, sabían a sal. Su brazo derecho se mantuvo firmemente en mi espalda mientras que con su mano libre me apartó el pelo de la cara y la colocó seguidamente en mi nuca, acercándome aún más a él para hacer el beso aún más intenso. Sonreí en sus labios y abrí los ojos mirándole, se relajó a mi alrededor. — Algún día iremos a ver aviones, te lo prometo.- Asentí con la cabeza sonriendo a medida que enredaba mi pierna derecha en la suya, hice un leve movimiento y cayó de espaldas al agua. Me reí. — Te la debía...- Sonreí mirando la cara de sorpresa que tenía y le saqué la lengua. — Te vas a enterar... -Río conmigo y eché a correr hacia la orilla con él persiguiéndome detrás.

Me cogió y me abrazó por detrás. Sonreí presa de sus brazos. Al fin a salvo, al fin segura... al fin feliz.

domingo, 19 de julio de 2015

De pedacitos de ti.

El tiempo se escapaba entre nuestros dedos acompañado de sonrisas, miradas cómplices y de la naturaleza que nos rodeaba.

Las horas pasaban y poco a poco iba conociendo a aquel desconocido que se me había aparecido por la mañana. Era increíble la facilidad que tenía para sonreír y que era capaz de contagiar, creo que nunca en mi vida había sonreído tanto. He de reconocer que me gustaba o quizás era esa intensa mirada de color azul que era capaz de hipnotizarme, de hacerme olvidar de todo lo que me rodeaba.

Cerré los ojos sonriendo y recordando lo sucedido en las últimas horas, suspiré y me dejé caer sobre el manto de nieve, había comenzado a nevar suavemente de nuevo.

Los copos de nieve que caían sobre mí se iban derritiendo a medida que iban contactando con mi piel, una deliciosa sensación que hizo que mi respiración se fuera tranquilizando. Escuché unas pisadas en la nieve que se me acercaban junto con una respiración acelerada. Estoy segura de que él sonrió aunque no lo pude ver, se tumbó a mi lado y extendió sus brazos hasta que sus dedos se rozaron con los míos. Sonreí ante el contacto e involuntariamente ladeé la cabeza hacia él, abrí los ojos y le descubrí de nuevo mirándome y sonriendo. — ¿No te cansas de sonreír nunca? - Le pregunté, mis dedos se deslizaron entre la nieve y se encontraron de nuevo con los suyos. Él sonrió aún más y negó levemente con su cabeza. — Teniéndote a ti delante como para dejar de sonreír.- Respondió a mi caricia y entrelazó sus dedos con los míos. Una pequeña ola de calor le entró a mis mejillas al escuchar sus palabras, le lancé una mirada amenazante y seguidamente le saqué la lengua y reí. — Mira que eres tonto - negué con mi cabeza a la vez que mis palabras salían mi boca. Volví a mirar al cielo blanco que nos rodeaba y que precipitaba lentamente pequeñas estrellas de nieve. Sonreí para mí misma volviendo a cerrar los ojos y comencé a hacer un ángel en la nieve. Él me imitó. Era extrañamente cómoda aquella situación.

Acabamos nuestros ángeles y decidimos volver a casa. Era difícil caminar en la nieve, a medida que dabas un paso te hundías, pero se hizo amena con la conversación e ir agarrada de la mano de Ethan lo suavizaba aún más. Parecía mentira que lo acabara de conocer aquella misma mañana, sentía que pertenecía ya a mi vida. — Espera- murmuró y en cuestión de segundos desapareció de mi vista tras unos arbustos cubiertos de nieve blanca. Me quedé traspuesta ante la inesperada fuga del chico y suspiré bajando la mirada a mis pies que andaban dando pequeñas patadas nerviosas a la nieve. La nieve seguía cayendo sobre nuestras cabezas, el silencio se había hecho en aquel remoto paraje en el que me encontraba y seguía sin haber rastro de él.

De repente, una bola de nieve impactó contra mi gorro de lana tiñendo de blanco su pompón. Miré hacia los lados un tanto enfadada ante aquel ataque que había arruinado la tranquilidad del momento; repetidas bolas realizaron la misma acción impactando contra mis piernas y brazos y eso me permitió descubrir su posición. En unas rocas que se encontraban al lado del camino se hallaba él, con esa sonrisa... con esos ojos... le miré desafiante y me agaché para realizar una bola de nieve e ir en busca de él. Me adentré entre los arbustos por los cuales él había desaparecido y seguí las huellas que había dejado en la nieve hasta aquellas piedras, trepé con agilidad y le lancé la bola. Él se agachó y la esquivó y me respondió con otra. Hice una de nuevo rápidamente y cuando fui a lanzársela, él ya había desparecido de mi vista. Miré a mi alrededor en su búsqueda pero no había nada. 

Armé el brazo derecho con la bola en posición dispuesta para lanzar y le llamé. No respondió. Mi respiración comenzaba a acelerarse a medida que la incertidumbre abrumaba aquel momento y fue entonces cuando unos dedos rodearon mi muñeca derecha, mi cuerpo reaccionó tensándose cuando otra mano se colocó en mi cintura con seguridad y me acercó a un cuerpo. Sabía que era él, su sonrisa era muy predecible y notaba su respiración en mi nuca. Me apartó el pelo de mi oreja y acercó su boca a esta. —¿Dónde vas con eso, pequeña ida? Te vas a acabar haciendo daño...- Una risa rompió la tensión de mi cuerpo y de nuevo la ola de calor lo inundó. 

Me relajé, bajé el brazo pero no por ello mi respiración se calmó. En un hábil gestos recorrió con sus dedos mi antebrazo hasta poner el suyo bajo el mío, la palma de su mano sujetó lo mía y entrelazó sus dedos con los míos. Ladeé ligeramente mi cabeza hacia él y la proximidad de nuestros labios fue notable. Alcé la vista hasta sus ojos que me miraban con dulzura y permanecían tranquilos y seguros de sí mismo, él sonrió y se acercó un par de centímetros hacia mí. Mis labios instintivamente se entreabrieron ante su proximidad y mi mano libre se colocó sobre la suya en mi cintura. Su mirada se dirigió a nuestras manos y a la bola de nieve que la mía sostenía, le seguí. Poco a poco fue ejerciendo presión sobre esta y yo a su vez sobre la bola que en pocos instantes acabó deslizándose en pequeños trozos entre mis dedos. Volvió a pegar sus labios a mi oreja y susurró. — De pedacitos de ti.- Sonrió y me dio un beso en la frente. Movimos conjuntamente nuestros brazos formando un sólido abrazo.

Cerré los ojos y lo último en lo que pensé fue en que ese momento durara para siempre.

martes, 14 de julio de 2015

Broken strings.

Era invierno.
Un gélido día comenzaba bajo la espesa niebla que impedía ver más allá de tus pies. Un robusto y acolchado manto blanco formaba una extensa alfombra de nieve que inundaba cada recoveco de aquel valle.
En la parte más baja de este se hallaba un pequeño lago donde la fauna y los seres de la zona solían acudir a refrescarse y a saciar su sed, hoy con dificultad pues, una pequeña y fina capa de hielo lo cerraba de forma hermética aquel hervidero lleno de vida acuática.

Bajaba por el bosque serpenteando las hayas que lo formaban, dibujando un pequeño sendero con curvas tras de mí, dejando mis huellas en aquel pequeño paraíso perdido. Todo tenía una tonalidad inocente pero a su vez un aspecto cansado, las ramas de los árboles se hallaban cedidas por el peso de la nieve, con la triste ilusión de que iban a romperse que erróneamente se formaba en mi cabeza. Era asombroso ver como algo tan fino y con aspecto delicado podía aguantar el peso de todo aquello que había caído sobre ello.

La niebla empezaba a levantarse y a medida que iba consiguiendo salir de aquel bosque en dirección del centro del valle, una pequeña luz comenzaba a inundar aquel lugar. Esta le daba un toque más alegre, esperanzador e incluso animaba el ambiente que era arduo de olvidar debido al frío que hacia. Era una suerte de que no lloviese o hiciese viento.

Lentamente y con la rapidez que me era posible debido a la nieve caminar por aquel lugar, comencé a descender por aquel claro que la nieve lo hacía ártico. Las montañas que lo rodeaban conformaban un pequeño abrazo que me animaba a seguir. Era cansado pero no por ello menos bonito, la cosa es que mereciese la pena.

Paso a paso, huella a huella, conseguí llegar a aquel lago de hielo y dudé si subirme encima de aquella placa de hielo. Su aspecto era fino y delicado pero por alguna razón hacía un símil de las ramas que había visto con anterioridad, fuertes. Cuando me acerqué un poco más, fui a colocar mi pie sobre aquella placa de hielo que parecía una pista de patinaje privada, natural, que nadie había osado usar. Me fijé que pequeñas huellas de animalillos de aquella zona se habían dado el gusto de darse un paseo y tras unos arbustos, oí el ruido.

Las ramas se movieron y se agitaron y unas pisadas tras de sí verificaron que no me encontraba allí sola. Con la respiración acelerada y con la sangre hirviendome bajo la piel por el miedo, me aventuré a acercarme y descubrir la instrusa compañía que se hallaba. Me desplacé rápido y seguí las huellas dibujadas en la nieve que delataban la presencia de otro ser.

Poco tiempo después de haber iniciado mi persecución, la raíz de uno de los árboles que se hallaban allí se cruzó por mí camino y me hizo caer de bruces. — ¡Maldita sea!- pensé, y dejé caer mi cabeza y enterré mi cara en aquel frío colchón de nieve en el que me había caído. Suspiré y maldije en mi interior, lo había perdido.

Instantes después noté como unos dedos se cerraban alrededor de mi brazo, acompañados de una dulce y varonil voz un tanto preocupada. — ¿Estás bien? No era mi intención asustarte.- Levanté la cabeza y le miré un tanto asustada. He de reconocer que me perdí en sus ojos azules. Ante la ausencia de mi respuesta, me ayudó a incorporarme y mantuvo su mirada de preocupación. Me condujo a andar en dirección de una piedra que se hallaba a la orilla del lago lo suficientemente grande como para poder sentarme. Ni una sola palabra consiguió salir de mi boca. 

Sin saber cómo ni por qué, me había tranquilizado y él dio el primer paso en cuanto a hablar. —Me llamo Ethan, siento haberte asustado... Es sólo que sentí curiosidad al verte, no he visto a nadie lo suficientemente ido como para venir aquí tal y cómo está el panorama. - una pequeña risa salió de su boca acompañada de una sonrisa que se dibujó en su cara. Era alto, bastante más alto que yo y también delgado. Tenía el pelo rubio alborotado con pequeñas estrellas de nieve que se iban derritiendo lentamente. Tragué saliva y respiré profundamente antes de hablar. — Lo.. siento... - dije torpemente- Me llamo Bianca  y supongo que ya puedes ver que no eres el único 'ido' para venir hasta aquí.- añadí levantando mis hombros y haciendo una pequeña incisión en la palabra ido. No entendía por qué él había insinuado que había que estar loco para hacer esto, ni que fuese una locura andar. Entornó la cabeza hacia un lado y amplió su sonrisa. — Es bueno saberlo -añadió-... Y se puede saber ¿qué te trae por aquí, pequeña 'ida'?- Tenía la mirada curiosa e intentó no reírse al pronunciar la última palabra, se quedó en una sonrisa. 

Suspiré y me levanté encogiendo los hombros, me acerqué al lago de nuevo y con la punta de mi zapato acaricié la fina placa de hielo, hice una ligera presión sobre esta y aparté el pie. — En realidad no lo sé, hacer cosas de 'idos' como tú dices, supongo. En realidad nada, sólo quería huír.- Me miró atento y asintió con la cabeza. Su rostro volvió a tener el mismo aspecto de preocupación que antes al ver lo que hacía con el hielo. Se acercó a su vez con los brazos un tanto extendidos preparados para ofrecerme ayuda. Era extraño que un desconocido mostrara tanta preocupación. — Deberías tener más cuidado pequeña, el hielo no es que sea lo más seguro y menos ahora. Nos engaña, nos hace creer que es fuerte, resistente, que puede con todo pero si no tienes un poco de cuidado, a la mínima... -Y mientras decía esas palabras, cogió una piedra pequeña y la lanzó. A su paso el hielo se resquebrajó y dejó ver el agua que estaba sin congelar, revuelto por el contacto de la piedra. 

Suspiré y miré aquel agujero que había dejado tras de sí, poco después las aguas se calmaron y pude ver el reflejo de mi misma allí. Cara pálida y delgaducha, con los ojos grandes y bien definidos, vivos... —Supongo que tienes razón, pero no sólo con el hielo, sino con todas las cosas. - sin pensarlo me dejé caer en la nieve y quedé sentada mirando aquel vidrioso lago. El chico se sentó a mí lado atento y a la vez curioso, no me interrumpió ni dijo nada. —  A veces creemos y nos confiamos en que por muy delicadas que sean las cosas, a una vez que nos demuestren que pueden soportar grandes cargas, pueden cargar infinitamente y no es así. Somos como el hielo, como las ramas... Somos flexibles pero a la vez frágiles, pero al igual que ambos, no somos eternos. - Cogí una piedra y la lancé contra el hielo, volvió a ceder y partió. — Pasa con cada parte de nosotros, aguantamos, continuamos como sí no pasara nada, como sí no doliera... Y sangramos sin darnos cuenta, nos rompemos y una vez que todo en general está partido... Es muy difícil, por no decir que imposible, recuperar y no romper. Pero supongo que son ciclos de la vida... - me encogí de hombros y sin darme cuenta mis ojos se habían tornado vidriosos y alguna lágrima comenzaba a precipitarse. —... de algún modo u otro todo tiene que proseguir y a veces es necesario romperlo todo y volver a hacer algo de nuevo que intentar reparar y recuperar algo. - Sonreí y le miré pidiéndole disculpas por estar así. Él sonrió a su vez y con su mano deslizó sus dedos por mí mejilla para limpiar las lágrimas. — Y para eso están estos momentos, para eso estamos 'idos' - Sonrió ampliamente y continuamos tirando alguna que otra piedra al lago.

jueves, 14 de mayo de 2015

La historia de mi vida.

Recostada sobre la cama acompañada de un cuaderno y un boli se encontraba la joven tumbada. De fondo se escuchaba una larga lista de reproducción de música un tanto deprimente, melancólica, supongo que acorde al momento al que ella vivía.

Tumbada de lado y con la mejilla acomodada en un cojín tenía la mirada vidriosa y perdida en algún punto de la habitación al que no conseguí dar sentido alguno. A medida que la música cogía más fuerza sus ojos se volvían más débiles y se podía ver cómo alguna lágrima se precipitaba. En el cuaderno había escrito frases sin sentido, no conseguía dar forma ni sentido a las palabras y a todo aquello que le rondaba por la cabeza. Qué irónico. Siempre había querido escribir algún relato, una novela si le fuera posible y nunca se había visto capaz de ello, en cambio, si pudiera transmitir toda su historia a papel le podría dar hasta para una saga completa.

Cambió de canción y sin poder evitarlo empezó a llorar desconsoladamente. La frustración y la pesadez de la monotonía podía con ella y más aún cuando se juntaban con todas aquellas canciones que de una forma u otra le recordaban aquella parte que aún le dolía de aquella historia. Se incorporó como pudo y cogió su cuaderno. Agarró el boli e intentó escribir algo pero sus lágrimas al caer sobre este hicieron que la tinta de los apuntes anteriores se corriera y manchara el resto de la hoja. Tiró de la hoja con un gesto hábil y rápido, la arrugó y la tiró al suelo con rabia, se llevó las manos a la cara e intentó limpiarse las lágrimas.

Aquel dolor era insoportable y sabía de qué era, era un paso pero inútil pues a pesar de que conocía la solución a sus problemas no veía viable que fuera posible, prefería acabar con todo antes que volver a sentir aquellos cuchillos que una vez le atravesaron. Sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo y se abrazó a sí misma mientras se apoyaba contra la pared para no caerse. 

Y allí estaba ella. Aquella muchacha que siempre estaba feliz alegre, que conseguía sacar las sonrisas a todo el mundo y a la que daba gusto verla en su día a día. Aquella que se prometió que nunca escribiría sobre amor y que nunca dejaría engañar ni enamorar; la que no dejaba que nadie entrara en su vida, la que no se dejaba conocer y que al final, cayó y pagó las consecuencias. 

Difícil es conseguir que alguien te haga feliz y te alegre el día con solo una sonrisa, difícil y al fin y al cabo placentero; pero también difícil y doloroso que esa misma persona sea la misma que sea capaz de hacerte daño.

La canción dejó de sonar y al momento comenzó a sonar otra. Iba de sentimientos y de amor, como todas las canciones, pero siempre había tenido un sentido alegre y de superación para ella. Intentó sonreír y movió la cabeza hacia los lados intentando quitarse de sus pensamientos anteriores. Cogió de nuevo el cuaderno y el boli e intentó dibujar algo, evadirse, pero siempre acababa pensando en lo mismo.

Pasó la página y suspirando hizo un rápido recuerdo de todos aquellos momentos en los que había sido feliz, aquellos momentos únicos que al final el tiempo se llevó. Comenzó a escribir...

"Hola.
No te haces a una idea de cuánto me gustaría que estuvieras aquí, de poder gritarte, decir todo lo que ahora mismo siento y de poder conseguir llorar y deshacerme de todo este cúmulo de sentimientos que hoy me hacen estar así. De que finalmente me abrazaras y pudiera tranquilizarme a fin de hablar las cosas... Si de algo me he dado cuenta en todo este tiempo es que yo no he tenido la culpa aunque culpable me sienta de todo lo que nos ha pasado. Lo siento pero es así. Hice todo lo posible por ayudarte a ser feliz, lo que no he hecho nunca por nadie y todo lo demás que ambos sabemos, no es la primera vez que te lo digo.
Me duele estar así. Me duele verte dar todo por alguien que te hizo daño y que en cambio no muevas ni un dedo por quien te lo dio a ti... y ¿Sabes lo que pasa? Que más me dolería si te volviera a ocurrir... y te digo esto porque es lo que me pasa a mí, porque estoy cansada de ver a la gente que me quiere sufrir por mí, por tu culpa, porque seas un puto niñato indeciso a la espera de alguien que solo le hace caso cuando le interesa... y sin comerlo ni beberlo te has convertido en alguien así, y no vale que me digas que te conozco, que tú no eres así... pero te hace ser así. 
El caso es que estáis todos contentos y felices, ¿no? todos menos yo como siempre quise, por ello, me voy, me voy para no volver, me voy para ser feliz y ya que tú no lo has querido ser conmigo para que lo seas con quien tú quieras. Sin arrepentimientos, sin nada, has sido tú el que nunca quiso hablar del tema, de las cosas y el que acabará pagando sus errores cuando se de cuenta.
Solo espero que seas feliz y estés bien, que yo intentaré hacer lo mismo y espero que consiga a alguien que realmente me haga dar cuenta que el tiempo que malgasté estando mal por ti fue inútil y que tengo otras formas de ser feliz. ¡Ah, sí! por último, dale recuerdos a quien maneja tus hilos, cuando seas capaz de cortarlos y ser libre, me avisas para felicitarte..."

Y sin saber por qué acabó riendo, era aquello lo que le habían dicho que hiciera. Sonrió y se recogió el pelo detrás de las orejas.


Cerré el libro y lo coloqué en la estantería.

Hay dos tipos de historias de amor: las que nos cuentan en los libros que aunque siempre hay algún componente triste los finales siempre acaban siendo felices y las que ocurren en la vida real, todos aquellos líos tras los cuales supongo que hay algo a lo que agarrarse y seguir adelante pero aún así no las veo mucho sentido.

Y es que aún así hay veces que olvidamos que obra titulada "La historia de mi vida" la escribe uno mismo y el actor o la actriz protagonista de esta es cada uno. Que las relaciones en las que hay alguien quien es quien mueve los hilos  son tóxicas finalmente acaban envenenando y no te digo aún más si hay otras relaciones derivadas.

Pd: te quise, te quiero y te seguiré queriendo... pero odio la parte de tener que cuidar a la mascota en la que esta sea quien marque nuestra vida.


domingo, 26 de abril de 2015

Time to do or die.

Tic. Tac. Tic. Tac...

Se escuchaba como un eco sordo el  movimiento de la manecilla de los segundos del reloj de madera que se hallaba colgado en la pared. El ambiente era cálido en aquel recogido apartamento y en el aire se respiraba un suave aroma un tanto hogareño. Alejándose el sonido de aquel reloj en un cuarto no muy lejano solo se oían susurros y risas casi imperceptibles. 

Al otro lado de la puerta, sobre el animado edredón que vestía la cama, se encontraban dos jóvenes recostados cuyos rostros se enfrentaban e intercambiaban miradas y sonrisas inconscientemente. Era una estampa muy tierna que incluso podría llegar a ser un tanto empalagosa a los ojos ajenos pero aquello no parecía importarles a ellos. Las miradas que ellos intercambiaban he de reconocer que tenían algo especial, mágico, quizás magnético y por ello les mantenía unidos... tenían un brillo especial. 

Una suave risita salió de la chica cuando él le acarició la mejilla con la palma de su mano sonriendo a su vez... ambos cerraron los ojos y el magnetismo se hizo aún más intenso cuando sus rostros se aproximaron y sus labios se rozaron con delicadeza. Fue entonces cuando todo se quedó en silencio. El reloj del salón se quedó mudo y en aquella estancia solo se oían las respiraciones de ambos, sobraban las palabras y el tiempo se había detenido.

Y no es que este hecho fuera puntual, sin importar el lugar o el momento, siempre que estaban juntos aquello sucedía. Cualquiera podría fijarse si se detenía y se paraba a pensar levemente sobre todo aquello que les rodeaba pero nadie era consciente de ello, todo el mundo anda demasiado ocupado con sus preocupaciones y con sus intereses como para dejarse llevar alguna vez por la magia que ofrecían los momentos.

- ¿Has encontrado ya la máquina del tiempo para detenerlo?- dijo ella con una sonrisa mientras se cepillaba el pelo sin dejar de mirarle.- Mira a ver, porque sino al final voy a tener que secuestrarte y no creo que eso le haga mucha gracia a tus padres.- prosiguió la chica mientras él le miraba con cara graciosa, esperanzada de poder algún día encontrarla.  Ella dejó el cepillo sobre el escritorio, se acercó a él y se sentó sobre sus piernas. Un cariñoso beso sonó en la mejilla de él acompañado por dos sonrisas.- Te quiero.

"Home is wherever I'm with you."

Home.


Y las olas se llevaron el recuerdo.

El cielo era gris y estaba encapotado, la arena se movía bajo sus pies como si tuviera vida propia intercalado con el suave y gélido baño del agua del mar. Sus huellas se podían ver desaparecer a lo largo de toda la orilla, el bajo de sus pantalones vaqueros tenía una tonalidad más oscura debido al agua y una sudadera le protegía del viento. Desde que era pequeña y creía recordar, el sonido del mar había conseguido calmar y relajar sus angustias y preocupaciones pero las que rondaban actualmente por su cabeza no habían conseguido sucumbir a su "medicina".

Hace ya algún tiempo que su reloj de muñeca había dejado de funcionar y las agujas se habían quedado petrificadas en aquella esfera de cristal. Todo había cambiado y ella lo sabía, pero el tiempo había pasado y las heridas no se curaban solas. Sin saber exactamente la razón o el motivo había sentido la necesidad de aparecer allí, en aquella desértica playa cuando el cielo amenazaba tormenta y sabía que aquella situación no le agradaba en absoluto. Metió su mano en el bolsillo y de él sacó el reloj, suspiró y lo miró con detenimiento, intentando identificarlo cuando ya se conocía de memoria cada milímetro de él, sus texturas, su forma, echaba de menos su sonido...

- Te esperaré, te lo prometo. Llámame idiota o lo que quieras pero no sé cómo lo hiciste, como me engañaste y cómo conseguiste que no me pudiera enfadar contigo, no me imagino todo esto sin ti.

El recuerdo de cada momento le abrumaba, le llegaba incluso a doler, y después de todo estaba en aquella playa sola, sin noticias, sin la mínima muestra de preocupación. El tiempo se había acabado y ya iba siendo hora de tomar una decisión definitiva: Time to do or die.

Do or die.

Apretó con  fuerza en su mano el objeto y armó el brazo hacia atrás, su respiración se aceleró al igual que el latido del su corazón...

jueves, 23 de abril de 2015

No vuelvas a irte sin mí.


Mayo, 1662.

La noche caía en aquella pequeña ciudad apagando las luces de aquel ventoso día a medida que, el hombre encargado del alumbrado público, iba encendiendo la vela de cada farola. Hacia frío y era una suerte que no lloviera después de las lluvias acontecidas los días previos.

Era un día especial o más bien dicho una noche especial, la noche del baile de máscaras, a la que acudiría gran parte de la ciudad con sus flamantes vestidos y trajes sin olvidarse de las pintorescas máscaras que ocultarían su identidad.

A pocas calles del salón donde tendría lugar la velada, en una casa de piedra, piso arriba, se oía sobre el suelo de madera el repique de unos tacones que si no supiera que les llevaba alguien puestos diría que tenían vida propia.

Sobre la cama se hallaba un vestido negro sin mangas ni tirantes bien extendido, frente a él, la delgada y pálida silueta de una joven castaña que se cepillaba su cabello absorta de lo que a su alrededor sucedía.

- Anne, ¿Te quieres dejar de peinar y sentarte de una vez por todas en la silla para que te haga el recogido? Te llevo diciendo durante horas que te vistieras y te prepararas que sino íbamos a llegar tarde a la velada. - Decía una mujer mientras recogía el vestido de la cama y miraba agobiada a la muchacha. Era delgada pero con las caderas un poco anchas, llevaba un largo y verde vestido que le llegaba hasta al suelo ocultando tras de si los tacones que le hacían ser más alta. Ambas mujeres eran muy parecidas, su tez era algo más morena que la de la joven aunque alguna que otra arruga que se percibía en su rostro marcaba la diferencia de edad.

La joven parpadeó varias veces al percatarse de la presencia tan cercana de la otra mujer y asintió con desgana mientras dejaba el cepillo sobre la cama y cogía el vestido para ponérselo. Llevaba días con la misma actitud, tan callada cuando siempre había sido tan alegre que llegó a preocupar a todos aquellos que le rodeaban. Decía que no tenia apetito, seguía realizando todas las tareas que le encomendaban pero había algo en ella que no era normal, como si le hubieran quitado el color a toda su vida, como si le hubieran llevado su alegría, su vida.

Semanas antes.

Aquella pradera siempre había formado parte de ella desde que era pequeña, allí había vivido los momentos más felices que podía recordar y aquel que estaba viviendo en ese preciso momento formaba parte de uno de ellos.

Tumbada sobre una manta marrón, se encontraba la joven con un vestido de flores azul acompañada de un joven de la misma edad o poco mayor que ella, riendo con los ojos cerrados mientras el sol acariciaba su piel. El chico la miraba mientras ella no paraba de reír, alargó su brazo y le rozó suavemente su mejilla con la palma de la mano, sonrió. La chica en ese preciso instante abrió los ojos y al verle no pudo contener su sonrisa, sus ojos verdes brillaban con la luz del sol haciéndoles más cristalinos con una tonalidad azul.

- ¿Qué sucede? - la chica le miró con la sonrisa en la cara que poco a poco se fue desvaneciendo a medida que ella se incorporaba. Él no separó su mano de su mejilla ni dejó de sonreír. - Nada, simplemente me gusta mirarte- Ella colocó su mano sobre la de él, mientras sin saber por qué sus ojos se iban tornando cada vez más vidriosos, apretó suavemente su mano y entornó la cabeza ligeramente hacia un lado. - No me mientas, te conozco, dime lo que pasa, por favor...- intentó contener sus lagrimas que estaban a punto de precipitarse por su mejilla. Él suspiró y separó levemente sus labios para hablar mientras agachaba su cabeza. Hubo un pequeño silencio.- Me voy a tener que ir...- levantó levemente su cabeza y tuvo miedo de mirarla- ... pero no te preocupes, voy a volver, siempre volveré a donde tú estés. No importa lo lejos que vaya, las tormentas que pasen mientras o las montañas que haya que escalar para encontrarte, lo haré, volveré por ti.- La miró fijamente mientras sus ojos comenzaban a envidriarse a su vez y los de ella habían permitido que las lágrimas bañaran sus mejillas. Petrificada y sin poder moverse, se quedó dubitativa, no podía creerse lo que estaba escuchando, pero no sabia qué hacer. Poco después los brazos de él la rodearon, se sentía en casa, y unos labios con sabor salado se pegaron a los suyos.


- Anne, siéntate que te peino. - Las palabras de aquella mujer la despertaron de aquella ensoñación que desde hacia tiempo se había convertido en su pesadilla. La joven le obedeció y se sentó en aquella silla de madera que se encontraba frente al tocador, se miró al espejo y suspiró. Aquella noche ya había perdido el sentido, quería que estuviera allí y desde que se marchó no había vuelto a saber nada de él. La mujer le realizó un sencillo recogido y le aplicó algunos polvos de maquillaje sobre su cara, aunque en realidad no lo necesitaba, y aquellos ojos verdes brillaban tristemente a la luz de la vela que se encontraba en el tocador. Anne se levantó y se dispuso para salir no sin antes la mujer le hiciera dar una vuelta sobre sí misma para ver aquel vestido negro flotar en el aire, asintió satisfecha y dejó que la muchacha bajara las escaleras para montar en el carruaje tirado por caballos que esperaba fuera de la casa. 

Un hombre vestido con traje y sombrero negro les aguardaba al lado del carruaje. Ayudó a la mujer a subirse y tendió la mano a la joven para ayudarla a subir, esta dudó mirándole y antes de que la mujer pudiera decir nada para reprocharle salió corriendo calle abajo. Un "Anne" sordo se escuchó a lo lejos, el sonido de los tacones contra el pavimento y el de su respiración eran los únicos que ella escuchaba. Poco después, se quitó los zapatos y los cogió con la mano, caminó sobre la hierba mojada mientras el viento la despeinaba levemente su recogido. Soltó los zapatos y se quitó la chaqueta que cubría sus hombros, sus mejillas ardían acompañadas de las lágrimas que sus ojos no podían reprimir... y allí se encontraba, en medio de aquella pradera de noche, acompañada por el viento y con los puños cerrados de rabia. - "No vuelvas a irte sin mí" ...- dijo en un suave susurro que se llevó el viento.

domingo, 12 de abril de 2015

Cierra los ojos, párate a pensar.


Caminaba distraídamente ajena de todo lo que me rodeaba por la calle, escuchando únicamente el sonido producido por mis zapatos.
Llevaba tiempo queriendo sacar aquellas palabras que desde hacia tiempo me quemaban... Pero nunca llegué a pensar que me dolerían tanto, que serían capaz de crear un vacío en mi interior, que serian las mismas que harían querer llorar pero que a la vez me lo impedían.

Sin pensarlo más, metí la llave en la cerradura y con un simple giro esta se abrió para mí mostrándome la entrada a ese portal que por primera vez me parecía frío. Arrastré mis pies pesados por las escaleras, subiendo por inercia hasta llegar a enfrentarme a la puerta de casa.

Realicé un gesto similar y respiré hondo antes de finalmente abrir la puerta, aquella puerta que me protegería del resto... "Al fin en casa" --pensé- y sí, al entrar el ambiente era cálido, olía a hogar pero no era lo que necesitaba, me faltaba algo. Dejé las llaves en el mueble de la entrada y entré en mi habitación para tirarme finalmente sobre la cama derrotada, abatida y... Ahí se acabó toda mi fortaleza.

Rompí a llorar en silencio, busqué a tientas la almohada y me abracé a ella hundiendo mi cara para intentar silenciar mis sollozos.
Todo se había acabado, nada volvería a ser lo de antes, desde hacia tiempo que no lo era... Pero por primera vez en mucho tiempo me sentí sola, desarropada e indefensa. Llegué a dudar de si no estaría haciendo una locura.

Con lágrimas en los ojos cogí el móvil y busqué en mis contactos. Todo me recordaba a él. Necesitaba ese aire incluso para sobrevivir. Di la vuelta a este y lo escondí bajo el edredón. Valía ya esa situación, era momento de sonreír y de vivir feliz y contenta con todos aquellos que me rodeaban, que me querían... Y para ser sinceros no me acuerdo de más.

Caí dormida del cansancio con las mejillas ardiendo y bañadas en lágrimas. No sé si soñé, pero lo que ahora me persigue cada noche es con que soñar, con que levantarse cada mañana... Y es difícil, es difícil dejar de querer a alguien que lo ha sido todo para ti...y supongo que fue por eso por lo que al día siguiente nada más despertar cogí el móvil y le escribí un mensaje, uno que no llegaría nunca a recibir..

11 Abril 2015. [8:30 am]

Sé que estarás molesto con todo lo que ha pasado, que no sé cómo te habrás tomado todo y que probablemente tú estés mejor que yo... Pero no quiero que pienses que esto lo hice porque dejara de quererte o por algo por el estilo, si lo hice fue porque confié en ti, te quise como nunca he llegado a querer a nadie, llegaste a conseguir que te dejará conocerme tal y cómo soy, en todas mis facetas de niña, madre, amiga, amante... Un todo y eso es algo que nadie ha conseguido ni creo que consiga a corto|medio plazo... Y sí, te quiero, y es por eso por lo que escribo esto, porque solo me sale llorar, porque me duele como si me cortaran cada vez que estamos juntos y ni nos dirigimos la palabra, cuando nos evitamos... Y sé que fue decisión mía, pero de verdad que lo necesito sino no podría seguir con todo. 
Y ahora que esta cama se me hace inmensa sin ti, solo decirte que te echo de menos, que te quiero y que solo quiero y espero que seas feliz, que el haberme conocido no te haya supuesto demasiado dolor de cabeza y que tienes todo el derecho y mi permiso para olvidarme. Que mil gracias por todo lo que me has dado y que espero que algún día encuentres a la persona con la que de verdad quieras compartir tu vida, por la que seas capaz de luchar independientemente de quién o qué se te ponga por delante.
Que lo siento, siento que todo acabara de esta manera y siento que en tanto tiempo no haya conseguido hacerte estar bien y feliz. Nunca te olvidaré ni dejaré de quererte aunque sea lo único en lo que tenga que pensar ahora...

Y seguí llorando durante horas, días y todo cada día iba a peor...

Pero bueno, como dice la canción... "Todos los días sale el sol, chipirón" y no por ello hay que dejar de sonreír.

domingo, 1 de marzo de 2015

Como tú lo quieras ver.

Hay veces en la vida en que no eres realista ni consciente del punto en el que te encuentras, que no sabes cómo estás en realidad y que tu cabeza te juega malas pasadas de vez en cuando llevándote a ver la realidad.

Que no todo es del color que nosotros deseamos por mucho que nos guste o nos empeñemos que sea del elegido. Que no todo es saber y conformarse sino que hay que saber cómo manejar las cosas.

De vez en cuando está bien pararse a pensar en todo, solo para analizar tu situación y evitar chascos. Que aunque nos caemos muchas veces a lo largo de nuestro camino, lo importante está en levantarse y seguir, en buscar nuevas formas de afrontar las cosas o en apoyarse verdaderamente en los que están ahí. 

Sí, esos que están dispuestos a ayudarte, a enseñarte sobre lo que ya han vivido, en advertirte en aquello que te puede hacer mal. Esos que consiguen sacarte una sonrisa cuando la tuya está de vacaciones o te llegan a prestar la suya para que nada ni nadie te impida seguir.

Aquellos que a pesar de que tropieces 'venticatorce' veces con la misma piedra, están allí para curarte las heridas y ver el lado positivo de las cosas. Porque por muy malo que sea o por muy estúpido que suene es así cómo aprendemos de los errores, a base de equivocarnos y es por eso por lo que alguien me dijo que 'aprender es fácil, pero la experiencia es otra cosa'.

Y que no hay por qué correr, que por mucho que lo hagas no vas a conseguir que el mundo gire más deprisa o que las horas y minutos pasen más rápido. Que cada cosa va a su tiempo y que aunque no nos guste la espera y seamos impacientes, podemos llenar el mundo mientras de sonrisas o ir a prestar la nuestra a alguien que la necesite.

Porque para eso estamos, para crecer y aprender sin llegar a perder la sonrisa. :)

domingo, 15 de febrero de 2015

Feliz o no feliz, siempre es un final.

De fondo y distorsionado, solo se oían gritos. 
A través de la ventana veía cómo se movían las ramas de los árboles, agitadas por el viento, como si estuvieran acariciando el soso y triste cielo de color gris. El suelo estaba cubierto por un pequeño manto de nieve que había caído días antes. La calle, parecía desierta. En cambio dentro de aquellas cuatro paredes todo era diferente. El ambiente era cálido, todo seguía en su sitio y en sí nada había cambiado respecto a unas horas antes, lo único que rompía la monotonía eran los gritos. Gritos, más gritos. Suspiré empañando de vaho la ventana y frotándome las sienes con mis dedos mientras apretaba fuertemente con los ojos cerrados. Una y otra vez pero aquello nunca cesaba. Mi dolor de cabeza se incrementaba y aquello era cada vez más similar a una olla a presión. Y en efecto eso es lo que hice, me puse mis botas altas y me abrigué con el abrigo que se encontraba colgado por mi puerta, cogí mi gorro, guantes y bufanda y como un suspiro salí por la puerta de aquella casa, el aire de aquella olla a presión se esfumó dejando tras de sí el único sonido del portazo. Las voces cesaron momentáneamente y no sé si duraron en silencio mucho más, tras poner pie en la calle eché a correr tan rápido como pude intentando huir y evadirme de todo aquello, como si el portazo hubiera sido el pistoletazo de una carrera de atletismo.

Y corrí, hasta que me dolieron las piernas y el frío empezaba a congelarme los pies.

Estaba harta de toda aquella situación. No podía seguir así, no con tantas voces. Aquello no es lo que quería, como quería vivir y no pensaba estar ni un segundo más allí tal y como estaba la situación. En mi cabeza solo existía un ir y venir de pensamientos, pequeñas punzadas de dolor que me hacían parar y apretar los ojos con fuerza. Me dejé caer de rodillas en el suelo y la pequeña capa de nieve que había amortiguó levemente mi caída. Miré a mi alrededor, no sabía donde estaba, había echado a correr sin pensar y con el único fin de alejarme y procurar no caerme. Los árboles me rodeaban y en su interior solo quedaba un pequeño silbido producto del viento. Suspiré y me tumbé boca arriba. Me empezaba a marear y lo último que recuerdo es ver levemente moverse las copas de los árboles y... todo se volvió oscuro y en silencio.

No recuerdo si soñé o no, si tuve pesadillas o si de entre todas las que había pasado en las semanas anteriores algún sueño pudo llegar a colarse y endulzar un poco el momento. Solo sé que desperté llorando en el mismo lugar. El viento había cesado y la luz había disminuido, sin moverme del sitio intenté limpiarme las lágrimas con los guantes, unas de tantas... sentía frío y tenía dificultad para mover mis brazos pero me daba igual, nada que me pudiera pasar físicamente iba a superar o a acercarse si quiera a todo el dolor que sentía por dentro. Pequeñas agujas se clavaban en mi estómago que me hacían doblarme cada vez que recordaba lo ocurrido ... Había pensado en las palabras que iba a decir en cuanto volviera, en cuanto cruzara aquella puerta y tuviera un segundo de tregua para expresar lo que sentía. Una y otra vez me las repetía en mi cabeza con el fin de tenerlas claras, de practicar y que en el momento justo salieran de forma natural, pero sabía que como siempre, aquel nudo que se me formaba en el estómago y que me dejaba sin respiración me lo iba a impedir pero quería intentarlo, lo necesitaba, tenía que hacerlo aunque fuera con los ojos llenos de lágrimas, estaba acostumbrada, poco ya importaba.

[...] Le cogí de la mano y le senté, le miré a los ojos y pude ver el reflejo de los míos, el dolor de todo aquello que iba a decirle, el miedo. Intenté sonreír y he de reconocer que aquello no pareció ni un intento de sonrisa ni nada por el estilo. Suspiré y sentándome yo también a su lado en la cama comencé a hablar sin darle oportunidad a interrumpirme, mirando al suelo intentando concentrarme en recordar aquel discurso que me había preparado durante tanto tiempo.

-- La verdad es que no sé muy bien por donde empezar, ni cómo decir todo esto y que tras todo este tiempo (que he tenido mucho, más de lo que me hubiera gustado) he decidido dar el primer paso puesto que tú no lo ibas a hacer y que bueno, espero que entiendas mis razones del por qué de todo. -cogí aire y continué. -- Desde un principio de todo no sé, fuiste un extraño muy fácil de conocer que en poco tiempo se convirtió en uno de mis mayores apoyos, una de las cuatro pareces que cimientan esta casa y que todo un día pues, cambió, para bien o para mal pero lo hizo. Cierto es que tiempo después todo se acabó y que nos alejamos y tal pero que después de todo volvió a la normalidad aunque he de decir que ahí estuvo mi error... - le miré a los ojos con lágrimas en ellos mientras por mi mente se pasaba un resumen de todos los momentos que había vivido. -- Me he dado cuenta que desde un principio no tenía que haberme metido en tu vida, que no hice más que causarte problemas y que por culpa de ellos, en esta casa solo hay gritos continuamente. Que no me arrepiento de nada de todas las cosas que he vivido a tu lado porque han sido las mejores de mi vida y las únicas que me han llegado a hacerme sentir viva. Porque por mucho que juntes la arena del mar, las estrellas del cielo o todas las hojas de los árboles, jamás te vas a hacer a la idea de cuánto te quiero y cuánto he llegado a quererte y es por eso por lo que tomo esta decisión, porque te quiero. Y porque quiero que seas feliz, que vuelvas a estar normal y que todo en tu vida te vaya bien, porque aparezca esa sonrisa en los mejores momentos y porque los disfrutes. Y aunque pienses que tienes la culpa de todo, no es así, es mi culpa, es la culpa de el amor ciego que lo llega a hacer surrealista todo y no puedo dejar que pase esto puesto que estaría traicionándome a mí misma. - las lágrimas descendían por mis mejillas como ríos en pleno deshielo, pero necesitaba acabar, aquella tensión no era buena para ninguno, para nadie. -- Por ello, he decidido que me voy a ir, que voy a desaparecer de tu vida como hice y no debería haberlo dejado de hacer hace ya tiempo, para que no tengas problemas con el resto del mundo, para que seas feliz y puedas vivir luchando por cumplir tus sueños... Pero antes de que acabe todo, cierre esa maleta y salga de nuevo por esa puerta, déjame decirte algo...

Gracias, por cada segundo de tu vida que has compartido conmigo, por cada risa y por cada sonrisa, por cada beso, por cada suspiro, caricia o por todos aquellos enfados que me hicieron  quererte cada día más, por cada "buenos días" o por cada vez que has estado ahí cuando te he necesitado... por cada lágrima que he derramado contigo, por cada sensación que me has hecho vivir y por haberme hecho sentir que estoy viva. Por haber sido un pequeño capítulo de mi vida en este cuento que aún no tiene final. Por enseñarme, por haber dejado que me cayera y por haber estado ahí para ayudarme a levantar. Por ser y seguir siendo ese sueño sin cumplir. 

Y por último, y con esto sí que ya me voy. Me voy, pero no quiere decir que eso sea malo, al contrario, es bueno y por ello tienes que sonreír, estar bien y decidirte a vivir la vida y a luchar por todo lo que quieras conseguir. Sé que puedes y que lo harás.-

Me levanté de la cama secando las lágrimas con la manga de mi camisa y cogí la maleta, me acerqué en el marco de la puerta y le miré por última vez. Entre lágrimas y una pequeña sonrisa sincera lo único que pude decir antes de desaparecer fue un "sé feliz". Y aquella puerta principal se cerró tras de mí sin hacer apenas ruido. Mis sollozos fueron inaudibles para mis oídos y poco a poco fui desapareciendo de allí, de aquella casa, dejando mis huellas en la nieve al pasar que a medida que pasaba el tiempo se volvían a cubrir de los pequeños copos de nieve que teñían aquel momento. Todo estuvo tranquilo y silencioso aquella noche. Todo... [...]

Volví a abrir los ojos y el bosque ya estaba oscuras. Intenté incorporarme lentamente evitando volver a marearme y conseguí apoyarme en el tronco caído de un árbol. Parpadeé varias veces y me llevé la mano en la cabeza. Menudo sueño. A lo lejos se podía oír el murmullo de algo, pero no estaba lo suficientemente cerca como para descifrarlo. Poco tiempo después, una pequeña lucecita se acercaba hacia donde yo estaba, decía mi nombre, y en cuestión de segundos se paró frente a mí. Me nombró y un instante después me sentí rodeada por sus brazos, sonreí como pude y la intenté abrazar también. Ella siempre sabía como encontrarme, siempre estaba ahí, conmigo. -- Pensé que nunca te encontraría. - dijo entre varias frases de reproche y preocupación, la miré y sonreí mientras mis ojos se volvían a llenar de lágrimas. -- Tú siempre me encuentras, siempre estás aquí.

Y de todo lo demás no me acuerdo, estaba borroso y aquel libro de amores imposibles nunca me llegó a gustar del todo. Me encogí de hombros y lo guardé sin saber por qué en un pequeño hueco que había en aquella estantería llena de libros. 

Lo de mañana... eso será otra historia que contar.