Era invierno.
Un gélido día comenzaba bajo la espesa niebla que impedía ver más allá de tus pies. Un robusto y acolchado manto blanco formaba una extensa alfombra de nieve que inundaba cada recoveco de aquel valle.
En la parte más baja de este se hallaba un pequeño lago donde la fauna y los seres de la zona solían acudir a refrescarse y a saciar su sed, hoy con dificultad pues, una pequeña y fina capa de hielo lo cerraba de forma hermética aquel hervidero lleno de vida acuática.
Bajaba por el bosque serpenteando las hayas que lo formaban, dibujando un pequeño sendero con curvas tras de mí, dejando mis huellas en aquel pequeño paraíso perdido. Todo tenía una tonalidad inocente pero a su vez un aspecto cansado, las ramas de los árboles se hallaban cedidas por el peso de la nieve, con la triste ilusión de que iban a romperse que erróneamente se formaba en mi cabeza. Era asombroso ver como algo tan fino y con aspecto delicado podía aguantar el peso de todo aquello que había caído sobre ello.
La niebla empezaba a levantarse y a medida que iba consiguiendo salir de aquel bosque en dirección del centro del valle, una pequeña luz comenzaba a inundar aquel lugar. Esta le daba un toque más alegre, esperanzador e incluso animaba el ambiente que era arduo de olvidar debido al frío que hacia. Era una suerte de que no lloviese o hiciese viento.
Lentamente y con la rapidez que me era posible debido a la nieve caminar por aquel lugar, comencé a descender por aquel claro que la nieve lo hacía ártico. Las montañas que lo rodeaban conformaban un pequeño abrazo que me animaba a seguir. Era cansado pero no por ello menos bonito, la cosa es que mereciese la pena.
Paso a paso, huella a huella, conseguí llegar a aquel lago de hielo y dudé si subirme encima de aquella placa de hielo. Su aspecto era fino y delicado pero por alguna razón hacía un símil de las ramas que había visto con anterioridad, fuertes. Cuando me acerqué un poco más, fui a colocar mi pie sobre aquella placa de hielo que parecía una pista de patinaje privada, natural, que nadie había osado usar. Me fijé que pequeñas huellas de animalillos de aquella zona se habían dado el gusto de darse un paseo y tras unos arbustos, oí el ruido.
Las ramas se movieron y se agitaron y unas pisadas tras de sí verificaron que no me encontraba allí sola. Con la respiración acelerada y con la sangre hirviendome bajo la piel por el miedo, me aventuré a acercarme y descubrir la instrusa compañía que se hallaba. Me desplacé rápido y seguí las huellas dibujadas en la nieve que delataban la presencia de otro ser.
Poco tiempo después de haber iniciado mi persecución, la raíz de uno de los árboles que se hallaban allí se cruzó por mí camino y me hizo caer de bruces. — ¡Maldita sea!- pensé, y dejé caer mi cabeza y enterré mi cara en aquel frío colchón de nieve en el que me había caído. Suspiré y maldije en mi interior, lo había perdido.
Instantes después noté como unos dedos se cerraban alrededor de mi brazo, acompañados de una dulce y varonil voz un tanto preocupada. — ¿Estás bien? No era mi intención asustarte.- Levanté la cabeza y le miré un tanto asustada. He de reconocer que me perdí en sus ojos azules. Ante la ausencia de mi respuesta, me ayudó a incorporarme y mantuvo su mirada de preocupación. Me condujo a andar en dirección de una piedra que se hallaba a la orilla del lago lo suficientemente grande como para poder sentarme. Ni una sola palabra consiguió salir de mi boca.
Sin saber cómo ni por qué, me había tranquilizado y él dio el primer paso en cuanto a hablar. —Me llamo Ethan, siento haberte asustado... Es sólo que sentí curiosidad al verte, no he visto a nadie lo suficientemente ido como para venir aquí tal y cómo está el panorama. - una pequeña risa salió de su boca acompañada de una sonrisa que se dibujó en su cara. Era alto, bastante más alto que yo y también delgado. Tenía el pelo rubio alborotado con pequeñas estrellas de nieve que se iban derritiendo lentamente. Tragué saliva y respiré profundamente antes de hablar. — Lo.. siento... - dije torpemente- Me llamo Bianca y supongo que ya puedes ver que no eres el único 'ido' para venir hasta aquí.- añadí levantando mis hombros y haciendo una pequeña incisión en la palabra ido. No entendía por qué él había insinuado que había que estar loco para hacer esto, ni que fuese una locura andar. Entornó la cabeza hacia un lado y amplió su sonrisa. — Es bueno saberlo -añadió-... Y se puede saber ¿qué te trae por aquí, pequeña 'ida'?- Tenía la mirada curiosa e intentó no reírse al pronunciar la última palabra, se quedó en una sonrisa.
Suspiré y me levanté encogiendo los hombros, me acerqué al lago de nuevo y con la punta de mi zapato acaricié la fina placa de hielo, hice una ligera presión sobre esta y aparté el pie. — En realidad no lo sé, hacer cosas de 'idos' como tú dices, supongo. En realidad nada, sólo quería huír.- Me miró atento y asintió con la cabeza. Su rostro volvió a tener el mismo aspecto de preocupación que antes al ver lo que hacía con el hielo. Se acercó a su vez con los brazos un tanto extendidos preparados para ofrecerme ayuda. Era extraño que un desconocido mostrara tanta preocupación. — Deberías tener más cuidado pequeña, el hielo no es que sea lo más seguro y menos ahora. Nos engaña, nos hace creer que es fuerte, resistente, que puede con todo pero si no tienes un poco de cuidado, a la mínima... -Y mientras decía esas palabras, cogió una piedra pequeña y la lanzó. A su paso el hielo se resquebrajó y dejó ver el agua que estaba sin congelar, revuelto por el contacto de la piedra.
Suspiré y miré aquel agujero que había dejado tras de sí, poco después las aguas se calmaron y pude ver el reflejo de mi misma allí. Cara pálida y delgaducha, con los ojos grandes y bien definidos, vivos... —Supongo que tienes razón, pero no sólo con el hielo, sino con todas las cosas. - sin pensarlo me dejé caer en la nieve y quedé sentada mirando aquel vidrioso lago. El chico se sentó a mí lado atento y a la vez curioso, no me interrumpió ni dijo nada. — A veces creemos y nos confiamos en que por muy delicadas que sean las cosas, a una vez que nos demuestren que pueden soportar grandes cargas, pueden cargar infinitamente y no es así. Somos como el hielo, como las ramas... Somos flexibles pero a la vez frágiles, pero al igual que ambos, no somos eternos. - Cogí una piedra y la lancé contra el hielo, volvió a ceder y partió. — Pasa con cada parte de nosotros, aguantamos, continuamos como sí no pasara nada, como sí no doliera... Y sangramos sin darnos cuenta, nos rompemos y una vez que todo en general está partido... Es muy difícil, por no decir que imposible, recuperar y no romper. Pero supongo que son ciclos de la vida... - me encogí de hombros y sin darme cuenta mis ojos se habían tornado vidriosos y alguna lágrima comenzaba a precipitarse. —... de algún modo u otro todo tiene que proseguir y a veces es necesario romperlo todo y volver a hacer algo de nuevo que intentar reparar y recuperar algo. - Sonreí y le miré pidiéndole disculpas por estar así. Él sonrió a su vez y con su mano deslizó sus dedos por mí mejilla para limpiar las lágrimas. — Y para eso están estos momentos, para eso estamos 'idos' - Sonrió ampliamente y continuamos tirando alguna que otra piedra al lago.
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