domingo, 19 de julio de 2015

De pedacitos de ti.

El tiempo se escapaba entre nuestros dedos acompañado de sonrisas, miradas cómplices y de la naturaleza que nos rodeaba.

Las horas pasaban y poco a poco iba conociendo a aquel desconocido que se me había aparecido por la mañana. Era increíble la facilidad que tenía para sonreír y que era capaz de contagiar, creo que nunca en mi vida había sonreído tanto. He de reconocer que me gustaba o quizás era esa intensa mirada de color azul que era capaz de hipnotizarme, de hacerme olvidar de todo lo que me rodeaba.

Cerré los ojos sonriendo y recordando lo sucedido en las últimas horas, suspiré y me dejé caer sobre el manto de nieve, había comenzado a nevar suavemente de nuevo.

Los copos de nieve que caían sobre mí se iban derritiendo a medida que iban contactando con mi piel, una deliciosa sensación que hizo que mi respiración se fuera tranquilizando. Escuché unas pisadas en la nieve que se me acercaban junto con una respiración acelerada. Estoy segura de que él sonrió aunque no lo pude ver, se tumbó a mi lado y extendió sus brazos hasta que sus dedos se rozaron con los míos. Sonreí ante el contacto e involuntariamente ladeé la cabeza hacia él, abrí los ojos y le descubrí de nuevo mirándome y sonriendo. — ¿No te cansas de sonreír nunca? - Le pregunté, mis dedos se deslizaron entre la nieve y se encontraron de nuevo con los suyos. Él sonrió aún más y negó levemente con su cabeza. — Teniéndote a ti delante como para dejar de sonreír.- Respondió a mi caricia y entrelazó sus dedos con los míos. Una pequeña ola de calor le entró a mis mejillas al escuchar sus palabras, le lancé una mirada amenazante y seguidamente le saqué la lengua y reí. — Mira que eres tonto - negué con mi cabeza a la vez que mis palabras salían mi boca. Volví a mirar al cielo blanco que nos rodeaba y que precipitaba lentamente pequeñas estrellas de nieve. Sonreí para mí misma volviendo a cerrar los ojos y comencé a hacer un ángel en la nieve. Él me imitó. Era extrañamente cómoda aquella situación.

Acabamos nuestros ángeles y decidimos volver a casa. Era difícil caminar en la nieve, a medida que dabas un paso te hundías, pero se hizo amena con la conversación e ir agarrada de la mano de Ethan lo suavizaba aún más. Parecía mentira que lo acabara de conocer aquella misma mañana, sentía que pertenecía ya a mi vida. — Espera- murmuró y en cuestión de segundos desapareció de mi vista tras unos arbustos cubiertos de nieve blanca. Me quedé traspuesta ante la inesperada fuga del chico y suspiré bajando la mirada a mis pies que andaban dando pequeñas patadas nerviosas a la nieve. La nieve seguía cayendo sobre nuestras cabezas, el silencio se había hecho en aquel remoto paraje en el que me encontraba y seguía sin haber rastro de él.

De repente, una bola de nieve impactó contra mi gorro de lana tiñendo de blanco su pompón. Miré hacia los lados un tanto enfadada ante aquel ataque que había arruinado la tranquilidad del momento; repetidas bolas realizaron la misma acción impactando contra mis piernas y brazos y eso me permitió descubrir su posición. En unas rocas que se encontraban al lado del camino se hallaba él, con esa sonrisa... con esos ojos... le miré desafiante y me agaché para realizar una bola de nieve e ir en busca de él. Me adentré entre los arbustos por los cuales él había desaparecido y seguí las huellas que había dejado en la nieve hasta aquellas piedras, trepé con agilidad y le lancé la bola. Él se agachó y la esquivó y me respondió con otra. Hice una de nuevo rápidamente y cuando fui a lanzársela, él ya había desparecido de mi vista. Miré a mi alrededor en su búsqueda pero no había nada. 

Armé el brazo derecho con la bola en posición dispuesta para lanzar y le llamé. No respondió. Mi respiración comenzaba a acelerarse a medida que la incertidumbre abrumaba aquel momento y fue entonces cuando unos dedos rodearon mi muñeca derecha, mi cuerpo reaccionó tensándose cuando otra mano se colocó en mi cintura con seguridad y me acercó a un cuerpo. Sabía que era él, su sonrisa era muy predecible y notaba su respiración en mi nuca. Me apartó el pelo de mi oreja y acercó su boca a esta. —¿Dónde vas con eso, pequeña ida? Te vas a acabar haciendo daño...- Una risa rompió la tensión de mi cuerpo y de nuevo la ola de calor lo inundó. 

Me relajé, bajé el brazo pero no por ello mi respiración se calmó. En un hábil gestos recorrió con sus dedos mi antebrazo hasta poner el suyo bajo el mío, la palma de su mano sujetó lo mía y entrelazó sus dedos con los míos. Ladeé ligeramente mi cabeza hacia él y la proximidad de nuestros labios fue notable. Alcé la vista hasta sus ojos que me miraban con dulzura y permanecían tranquilos y seguros de sí mismo, él sonrió y se acercó un par de centímetros hacia mí. Mis labios instintivamente se entreabrieron ante su proximidad y mi mano libre se colocó sobre la suya en mi cintura. Su mirada se dirigió a nuestras manos y a la bola de nieve que la mía sostenía, le seguí. Poco a poco fue ejerciendo presión sobre esta y yo a su vez sobre la bola que en pocos instantes acabó deslizándose en pequeños trozos entre mis dedos. Volvió a pegar sus labios a mi oreja y susurró. — De pedacitos de ti.- Sonrió y me dio un beso en la frente. Movimos conjuntamente nuestros brazos formando un sólido abrazo.

Cerré los ojos y lo último en lo que pensé fue en que ese momento durara para siempre.

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