viernes, 31 de julio de 2015

Una cárcel sin salida.

Risas se escuchaban a mi alrededor, la gente iba y venía y el lugar cada vez me parecía más oscuro, estaba anocheciendo. Estaba allí sentada, en una silla, sintiendo como el mundo se volvía un poco más abstracto a mi alrededor. Me movía, reía a su vez con ellos y cada gesto que hacía me parecía cada vez más surrealista.

Pasaron los minutos, alguna hora incluso y parecía no haberme movido ni un centímetro de aquel sitio. Todo seguía en su sitio, había menos gente, menos luz... pero la esencia seguía siendo la misma. Comencé a andar. Conocía el sitio y aún sabía cómo moverme pero el lío que tenía al principio en la cabeza seguía allí, dándole vueltas y más vueltas.

Paso a paso fui siguiendo el camino que me llevó a una playa, se volvían a escuchar risas acompañadas del sonido de las olas. Respiré hondo y la suave brisa marina inundó mis pulmones. Me descalcé lentamente y dejé a un lado las zapatillas. Comencé a andar hacia la orilla esperando el escalofrío que me devolviese a la realidad por parte del agua fría. El agua mojó mis pies y nada de lo esperado ocurrió. Suspiré y miré al horizonte, vi aquella gran luz parpadeante que no dejaba de brillar. La fiesta seguía en la playa.

Oí mi nombre a lo lejos y vi cómo se acercaba alguien corriendo entre las olas hacia mí. Pocos segundos después allí estaba, frente a mi con una sonrisa y voz divertida. No era quién me esperaba. La sonrisa se desdibujó de mis labios y traté ansiosamente de huir, alejarme de allí. Todo era demasiado abrumador. Miré a mi alrededor intentando identificar a alguien de aquellas siluetas felices y contentas que me rodeaban. Mis ojos se cruzaron con los suyos y en ese momento supe que tenía que alejarme de allí.

Torpemente salí del agua y anduve con dificultad por la arena en busca de mis zapatillas, las localicé y seguí el camino que había recorrido con anterioridad a la inversa. Llegué a una superficie de madera, una especie de pasarela y decidí correr sobre ella dejándome llevar a donde quiera que fuera a parar. Unos minutos después me paré y sin poder evitarlo, mis ojos comenzaron a llorar. Salté al 'vacío' de arena que se hallaba bajo mis pies al lado de la pasarela, caí e intenté limpiar mis mejillas con mis manos. 

Seguí caminando, dejé caer las zapatillas y unas dunas después encontré otra playa resguardada entre las rocas. Me acerqué hacia la orilla y mis pies se volvieron a bañar con el agua. Seguía llorando y me di por vencida. Me senté a la orilla entre la oscuridad, abracé mis piernas apretándolas contra mi pecho. Todo seguía igual, nada iba a cambiar. Aquella era mi cárcel.

Caí cansada después de tanto llorar, casi incluso me quedé dormida en aquella posición y me acabé de despertar cuando unos brazos me rodearon por la espalda. Giré mi cabeza como acto reflejo para intentar averiguar su identidad y me topé con su sonrisa. Me besó en la frente y sentándose detrás mío me atrajo hacia sí, sus brazos se cerraron aún más a mi alrededor.

Pegó su cabeza a la mía y sus labios se separaron, cerré  los ojos con fuerza intentando reprimir las lágrimas que aún se resistían. — Te he estado como un loco buscando. Te echaba de menos.- Sus brazos me rodearon mi cintura y me dio de nuevo un beso en la cabeza. — ¿Todo bien?- Me encogí de hombros y enterré mi cara entre mis brazos.  — Son demasiadas cosas... una no se quita las cosas de la cabeza de un día a otro por mucho que lo intente y hay ciertas cosas que verlas, hace daño.- Suspiré y apreté con más fuerza aún mis piernas. —La gente siempre decepciona, en cuanto ve que se le complican las cosas y se salen fuera de sus planes siempre acaba fallando.

Levanté la cabeza mirando hacia el cielo. Estaba cubierto de estrellas. Tan lejanas y a la vez tan próximas. Su mano derecha se deslizó entre mi pelo y me lo colocó detrás de las orejas, como a una niña pequeña. — ¿Y huir de esta manera es la solución? Digo, volviéndome loco buscando a una enana como tú en un sitio como este.- No lo dijo enfadado y no sé por qué aquello me hizo sonreír levemente. Negué con mi cabeza y la giré levemente para poder mirarle. — No, pero siempre hay que dejar las cosas ir si no se van a utilizar, si no se van a vivir. Retener las cosas solo hace daño y ningún bien para ninguno.- Me encogí de hombros y sonreí. — Además, yo qué culpa tengo de que seas un negado y no sepas buscar.- Añadí riéndome mientras él me miraba levemente mal y me abrazaba acto seguido.

Me acurruqué en su pecho pegando mi frente a su cuello, suspiré y me abracé con fuerza. — Bueno, he de reconocer que el sitio no está mal pero... los hay mejores.- Susurró mientras me abrazaba y miraba al cielo. Le imité. — Siempre he querido poder fugarme  a un aeropuerto de noche, tumbarme y ver despegar y aterrizar aviones.- Sonreí haciendo una batida al oscuro cielo estrellado en busca de algún pequeño punto de luz móvil. — No tendremos ninguno cerca, pero podemos imaginárnoslo. - Le miré y sonreí a la vez que él. Asentí con la cabeza y acto seguido cerré los ojos.

Y en mi cabeza aquella pequeña idea empezó a tomar forma. La pista de aterrizaje llena de luces, la torre de control alta e iluminada, el silencio nocturno y la aproximación de pequeñas luces de colores que a medida que se acercaban iban tomando forma... — Mira, ¿Ves ese avión enorme que está por la pista apunto de despegar? Pues que sepas que te va a despeinar...- Susurré y acto seguido comencé a reírme. — Con que despeinarme, ¿no?- Le escuché reírse levemente e instantes después me hallaba en sus brazos, en movimiento. Abrí los ojos y vi cómo echaba a correr hacia al agua conmigo. 

Instantes después el agua nos mojó. Estaba fría pero en aquel momento no me importó, solo recuerdo que reíamos y que nos perseguíamos con dificultad por esta. En un torpe intento de pegarle, me zafó entre sus brazos y me quedé mirándole, sus ojos brillaban y su sonrisa como siempre, era cálida. Intenté revolverme para conseguir soltarme pero él me sujetó con firmeza impidiéndome salirme con la mía. Me perdí en sus ojos y nuestros rostros se aproximaron aún más. 

Nuestros labios mojados se rozaron y escasos instantes después se entrelazaron, sabían a sal. Su brazo derecho se mantuvo firmemente en mi espalda mientras que con su mano libre me apartó el pelo de la cara y la colocó seguidamente en mi nuca, acercándome aún más a él para hacer el beso aún más intenso. Sonreí en sus labios y abrí los ojos mirándole, se relajó a mi alrededor. — Algún día iremos a ver aviones, te lo prometo.- Asentí con la cabeza sonriendo a medida que enredaba mi pierna derecha en la suya, hice un leve movimiento y cayó de espaldas al agua. Me reí. — Te la debía...- Sonreí mirando la cara de sorpresa que tenía y le saqué la lengua. — Te vas a enterar... -Río conmigo y eché a correr hacia la orilla con él persiguiéndome detrás.

Me cogió y me abrazó por detrás. Sonreí presa de sus brazos. Al fin a salvo, al fin segura... al fin feliz.

domingo, 19 de julio de 2015

De pedacitos de ti.

El tiempo se escapaba entre nuestros dedos acompañado de sonrisas, miradas cómplices y de la naturaleza que nos rodeaba.

Las horas pasaban y poco a poco iba conociendo a aquel desconocido que se me había aparecido por la mañana. Era increíble la facilidad que tenía para sonreír y que era capaz de contagiar, creo que nunca en mi vida había sonreído tanto. He de reconocer que me gustaba o quizás era esa intensa mirada de color azul que era capaz de hipnotizarme, de hacerme olvidar de todo lo que me rodeaba.

Cerré los ojos sonriendo y recordando lo sucedido en las últimas horas, suspiré y me dejé caer sobre el manto de nieve, había comenzado a nevar suavemente de nuevo.

Los copos de nieve que caían sobre mí se iban derritiendo a medida que iban contactando con mi piel, una deliciosa sensación que hizo que mi respiración se fuera tranquilizando. Escuché unas pisadas en la nieve que se me acercaban junto con una respiración acelerada. Estoy segura de que él sonrió aunque no lo pude ver, se tumbó a mi lado y extendió sus brazos hasta que sus dedos se rozaron con los míos. Sonreí ante el contacto e involuntariamente ladeé la cabeza hacia él, abrí los ojos y le descubrí de nuevo mirándome y sonriendo. — ¿No te cansas de sonreír nunca? - Le pregunté, mis dedos se deslizaron entre la nieve y se encontraron de nuevo con los suyos. Él sonrió aún más y negó levemente con su cabeza. — Teniéndote a ti delante como para dejar de sonreír.- Respondió a mi caricia y entrelazó sus dedos con los míos. Una pequeña ola de calor le entró a mis mejillas al escuchar sus palabras, le lancé una mirada amenazante y seguidamente le saqué la lengua y reí. — Mira que eres tonto - negué con mi cabeza a la vez que mis palabras salían mi boca. Volví a mirar al cielo blanco que nos rodeaba y que precipitaba lentamente pequeñas estrellas de nieve. Sonreí para mí misma volviendo a cerrar los ojos y comencé a hacer un ángel en la nieve. Él me imitó. Era extrañamente cómoda aquella situación.

Acabamos nuestros ángeles y decidimos volver a casa. Era difícil caminar en la nieve, a medida que dabas un paso te hundías, pero se hizo amena con la conversación e ir agarrada de la mano de Ethan lo suavizaba aún más. Parecía mentira que lo acabara de conocer aquella misma mañana, sentía que pertenecía ya a mi vida. — Espera- murmuró y en cuestión de segundos desapareció de mi vista tras unos arbustos cubiertos de nieve blanca. Me quedé traspuesta ante la inesperada fuga del chico y suspiré bajando la mirada a mis pies que andaban dando pequeñas patadas nerviosas a la nieve. La nieve seguía cayendo sobre nuestras cabezas, el silencio se había hecho en aquel remoto paraje en el que me encontraba y seguía sin haber rastro de él.

De repente, una bola de nieve impactó contra mi gorro de lana tiñendo de blanco su pompón. Miré hacia los lados un tanto enfadada ante aquel ataque que había arruinado la tranquilidad del momento; repetidas bolas realizaron la misma acción impactando contra mis piernas y brazos y eso me permitió descubrir su posición. En unas rocas que se encontraban al lado del camino se hallaba él, con esa sonrisa... con esos ojos... le miré desafiante y me agaché para realizar una bola de nieve e ir en busca de él. Me adentré entre los arbustos por los cuales él había desaparecido y seguí las huellas que había dejado en la nieve hasta aquellas piedras, trepé con agilidad y le lancé la bola. Él se agachó y la esquivó y me respondió con otra. Hice una de nuevo rápidamente y cuando fui a lanzársela, él ya había desparecido de mi vista. Miré a mi alrededor en su búsqueda pero no había nada. 

Armé el brazo derecho con la bola en posición dispuesta para lanzar y le llamé. No respondió. Mi respiración comenzaba a acelerarse a medida que la incertidumbre abrumaba aquel momento y fue entonces cuando unos dedos rodearon mi muñeca derecha, mi cuerpo reaccionó tensándose cuando otra mano se colocó en mi cintura con seguridad y me acercó a un cuerpo. Sabía que era él, su sonrisa era muy predecible y notaba su respiración en mi nuca. Me apartó el pelo de mi oreja y acercó su boca a esta. —¿Dónde vas con eso, pequeña ida? Te vas a acabar haciendo daño...- Una risa rompió la tensión de mi cuerpo y de nuevo la ola de calor lo inundó. 

Me relajé, bajé el brazo pero no por ello mi respiración se calmó. En un hábil gestos recorrió con sus dedos mi antebrazo hasta poner el suyo bajo el mío, la palma de su mano sujetó lo mía y entrelazó sus dedos con los míos. Ladeé ligeramente mi cabeza hacia él y la proximidad de nuestros labios fue notable. Alcé la vista hasta sus ojos que me miraban con dulzura y permanecían tranquilos y seguros de sí mismo, él sonrió y se acercó un par de centímetros hacia mí. Mis labios instintivamente se entreabrieron ante su proximidad y mi mano libre se colocó sobre la suya en mi cintura. Su mirada se dirigió a nuestras manos y a la bola de nieve que la mía sostenía, le seguí. Poco a poco fue ejerciendo presión sobre esta y yo a su vez sobre la bola que en pocos instantes acabó deslizándose en pequeños trozos entre mis dedos. Volvió a pegar sus labios a mi oreja y susurró. — De pedacitos de ti.- Sonrió y me dio un beso en la frente. Movimos conjuntamente nuestros brazos formando un sólido abrazo.

Cerré los ojos y lo último en lo que pensé fue en que ese momento durara para siempre.

martes, 14 de julio de 2015

Broken strings.

Era invierno.
Un gélido día comenzaba bajo la espesa niebla que impedía ver más allá de tus pies. Un robusto y acolchado manto blanco formaba una extensa alfombra de nieve que inundaba cada recoveco de aquel valle.
En la parte más baja de este se hallaba un pequeño lago donde la fauna y los seres de la zona solían acudir a refrescarse y a saciar su sed, hoy con dificultad pues, una pequeña y fina capa de hielo lo cerraba de forma hermética aquel hervidero lleno de vida acuática.

Bajaba por el bosque serpenteando las hayas que lo formaban, dibujando un pequeño sendero con curvas tras de mí, dejando mis huellas en aquel pequeño paraíso perdido. Todo tenía una tonalidad inocente pero a su vez un aspecto cansado, las ramas de los árboles se hallaban cedidas por el peso de la nieve, con la triste ilusión de que iban a romperse que erróneamente se formaba en mi cabeza. Era asombroso ver como algo tan fino y con aspecto delicado podía aguantar el peso de todo aquello que había caído sobre ello.

La niebla empezaba a levantarse y a medida que iba consiguiendo salir de aquel bosque en dirección del centro del valle, una pequeña luz comenzaba a inundar aquel lugar. Esta le daba un toque más alegre, esperanzador e incluso animaba el ambiente que era arduo de olvidar debido al frío que hacia. Era una suerte de que no lloviese o hiciese viento.

Lentamente y con la rapidez que me era posible debido a la nieve caminar por aquel lugar, comencé a descender por aquel claro que la nieve lo hacía ártico. Las montañas que lo rodeaban conformaban un pequeño abrazo que me animaba a seguir. Era cansado pero no por ello menos bonito, la cosa es que mereciese la pena.

Paso a paso, huella a huella, conseguí llegar a aquel lago de hielo y dudé si subirme encima de aquella placa de hielo. Su aspecto era fino y delicado pero por alguna razón hacía un símil de las ramas que había visto con anterioridad, fuertes. Cuando me acerqué un poco más, fui a colocar mi pie sobre aquella placa de hielo que parecía una pista de patinaje privada, natural, que nadie había osado usar. Me fijé que pequeñas huellas de animalillos de aquella zona se habían dado el gusto de darse un paseo y tras unos arbustos, oí el ruido.

Las ramas se movieron y se agitaron y unas pisadas tras de sí verificaron que no me encontraba allí sola. Con la respiración acelerada y con la sangre hirviendome bajo la piel por el miedo, me aventuré a acercarme y descubrir la instrusa compañía que se hallaba. Me desplacé rápido y seguí las huellas dibujadas en la nieve que delataban la presencia de otro ser.

Poco tiempo después de haber iniciado mi persecución, la raíz de uno de los árboles que se hallaban allí se cruzó por mí camino y me hizo caer de bruces. — ¡Maldita sea!- pensé, y dejé caer mi cabeza y enterré mi cara en aquel frío colchón de nieve en el que me había caído. Suspiré y maldije en mi interior, lo había perdido.

Instantes después noté como unos dedos se cerraban alrededor de mi brazo, acompañados de una dulce y varonil voz un tanto preocupada. — ¿Estás bien? No era mi intención asustarte.- Levanté la cabeza y le miré un tanto asustada. He de reconocer que me perdí en sus ojos azules. Ante la ausencia de mi respuesta, me ayudó a incorporarme y mantuvo su mirada de preocupación. Me condujo a andar en dirección de una piedra que se hallaba a la orilla del lago lo suficientemente grande como para poder sentarme. Ni una sola palabra consiguió salir de mi boca. 

Sin saber cómo ni por qué, me había tranquilizado y él dio el primer paso en cuanto a hablar. —Me llamo Ethan, siento haberte asustado... Es sólo que sentí curiosidad al verte, no he visto a nadie lo suficientemente ido como para venir aquí tal y cómo está el panorama. - una pequeña risa salió de su boca acompañada de una sonrisa que se dibujó en su cara. Era alto, bastante más alto que yo y también delgado. Tenía el pelo rubio alborotado con pequeñas estrellas de nieve que se iban derritiendo lentamente. Tragué saliva y respiré profundamente antes de hablar. — Lo.. siento... - dije torpemente- Me llamo Bianca  y supongo que ya puedes ver que no eres el único 'ido' para venir hasta aquí.- añadí levantando mis hombros y haciendo una pequeña incisión en la palabra ido. No entendía por qué él había insinuado que había que estar loco para hacer esto, ni que fuese una locura andar. Entornó la cabeza hacia un lado y amplió su sonrisa. — Es bueno saberlo -añadió-... Y se puede saber ¿qué te trae por aquí, pequeña 'ida'?- Tenía la mirada curiosa e intentó no reírse al pronunciar la última palabra, se quedó en una sonrisa. 

Suspiré y me levanté encogiendo los hombros, me acerqué al lago de nuevo y con la punta de mi zapato acaricié la fina placa de hielo, hice una ligera presión sobre esta y aparté el pie. — En realidad no lo sé, hacer cosas de 'idos' como tú dices, supongo. En realidad nada, sólo quería huír.- Me miró atento y asintió con la cabeza. Su rostro volvió a tener el mismo aspecto de preocupación que antes al ver lo que hacía con el hielo. Se acercó a su vez con los brazos un tanto extendidos preparados para ofrecerme ayuda. Era extraño que un desconocido mostrara tanta preocupación. — Deberías tener más cuidado pequeña, el hielo no es que sea lo más seguro y menos ahora. Nos engaña, nos hace creer que es fuerte, resistente, que puede con todo pero si no tienes un poco de cuidado, a la mínima... -Y mientras decía esas palabras, cogió una piedra pequeña y la lanzó. A su paso el hielo se resquebrajó y dejó ver el agua que estaba sin congelar, revuelto por el contacto de la piedra. 

Suspiré y miré aquel agujero que había dejado tras de sí, poco después las aguas se calmaron y pude ver el reflejo de mi misma allí. Cara pálida y delgaducha, con los ojos grandes y bien definidos, vivos... —Supongo que tienes razón, pero no sólo con el hielo, sino con todas las cosas. - sin pensarlo me dejé caer en la nieve y quedé sentada mirando aquel vidrioso lago. El chico se sentó a mí lado atento y a la vez curioso, no me interrumpió ni dijo nada. —  A veces creemos y nos confiamos en que por muy delicadas que sean las cosas, a una vez que nos demuestren que pueden soportar grandes cargas, pueden cargar infinitamente y no es así. Somos como el hielo, como las ramas... Somos flexibles pero a la vez frágiles, pero al igual que ambos, no somos eternos. - Cogí una piedra y la lancé contra el hielo, volvió a ceder y partió. — Pasa con cada parte de nosotros, aguantamos, continuamos como sí no pasara nada, como sí no doliera... Y sangramos sin darnos cuenta, nos rompemos y una vez que todo en general está partido... Es muy difícil, por no decir que imposible, recuperar y no romper. Pero supongo que son ciclos de la vida... - me encogí de hombros y sin darme cuenta mis ojos se habían tornado vidriosos y alguna lágrima comenzaba a precipitarse. —... de algún modo u otro todo tiene que proseguir y a veces es necesario romperlo todo y volver a hacer algo de nuevo que intentar reparar y recuperar algo. - Sonreí y le miré pidiéndole disculpas por estar así. Él sonrió a su vez y con su mano deslizó sus dedos por mí mejilla para limpiar las lágrimas. — Y para eso están estos momentos, para eso estamos 'idos' - Sonrió ampliamente y continuamos tirando alguna que otra piedra al lago.