miércoles, 30 de diciembre de 2015

Yo solo busco...

Yo solo busco... que me tiemblen las piernas.
            Que seas de esas que nadie recomienda...

La niebla cubría todos los rincones de aquella calle y comenzaba a calar el gorro de lana que cubría mi cabeza. Pequeñas luces distorsionadas se vislumbraban en aquella blancura. La calle estaba en silencio y la ausencia de nieve en aquellas navidades se había llevado todo.

El espíritu navideño se había esfumado y aquellas luces era lo único que quedaban. El frío típico del invierno aún seguía allí y me congelaba los huesos. Con los brazos cruzados abrazándome a mi misma continué andando hasta llegar a casa.

Entré por la puerta encendiendo la luz de la entrada y dejando a un lado mis zapatos, tenía los dedos congelados y la piel me ardía por el contraste de temperatura. Me dirigí al salón, cogí una manta y me envolví en ella tumbándome en el sofá. Consulté el móvil y dejándolo a un lado cerré los ojos.

Abrí los ojos acalorada, con un cuerpo tumbado a mi lado, abrazándome. Sonreí. Le di un pequeño beso en los labios, se revolvió bajo la manta. Me encantaba tenerlo así, mi niño pequeño. Abrió los ojos y elevó su mirada, y ahí mi cuerpo se deshizo en trocitos. Aquellos ojos marrones brillaban con tristeza. 

- Oye... - susurré a medida que mis brazos le rodeaban. Le abracé con fuerza, mis ojos también tenían ganas de llorar. Pudimos estar así durante media hora tranquilamente, en silencio. Poco a poco nos incorporamos y nos quedamos el uno en frente del otro, abrazados, separados por escasos centímetros que nos permitían mirarnos a los ojos.

Le acaricié la mejilla con delicadeza y recibí un pequeño beso en los labios por su parte, sonreí levemente. - Te quiero. - Susurró y me volvió a abrazar con fuerza. Le acaricié la cabeza despeinándole ligeramente. Un beso en el cuello. Abrazos y más abrazos.

- Cierra los ojos... - murmuré. Obedeció.- No tengas miedo. Todo va a salir bien. - Sonreí mirándole.- Piensa en un lugar, en cualquier sitio que te haga desconectar. Añádele todo aquello que te guste, que te haga sonreír, que te haga feliz. - Susurré y le acaricié la mejilla. 

Se acercó levemente a mí y nuestros labios se rozaron. Cerré los ojos y nos dejamos llevar por el beso, finalizándolo con un abrazo. - Lucha por todo aquello que desees, porque si realmente lo quieres, merecerá la pena. - Sonreí mirándole. Sonrió a su vez y me abracé a él apoyando mi cabeza en su pecho.

Pero cuando esté roto escuchar, 
que merece la pena.

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