Mayo, 1662.
La noche caía en aquella pequeña ciudad apagando las luces de aquel ventoso día a medida que, el hombre encargado del alumbrado público, iba encendiendo la vela de cada farola. Hacia frío y era una suerte que no lloviera después de las lluvias acontecidas los días previos.
Era un día especial o más bien dicho una noche especial, la noche del baile de máscaras, a la que acudiría gran parte de la ciudad con sus flamantes vestidos y trajes sin olvidarse de las pintorescas máscaras que ocultarían su identidad.
A pocas calles del salón donde tendría lugar la velada, en una casa de piedra, piso arriba, se oía sobre el suelo de madera el repique de unos tacones que si no supiera que les llevaba alguien puestos diría que tenían vida propia.
Sobre la cama se hallaba un vestido negro sin mangas ni tirantes bien extendido, frente a él, la delgada y pálida silueta de una joven castaña que se cepillaba su cabello absorta de lo que a su alrededor sucedía.
- Anne, ¿Te quieres dejar de peinar y sentarte de una vez por todas en la silla para que te haga el recogido? Te llevo diciendo durante horas que te vistieras y te prepararas que sino íbamos a llegar tarde a la velada. - Decía una mujer mientras recogía el vestido de la cama y miraba agobiada a la muchacha. Era delgada pero con las caderas un poco anchas, llevaba un largo y verde vestido que le llegaba hasta al suelo ocultando tras de si los tacones que le hacían ser más alta. Ambas mujeres eran muy parecidas, su tez era algo más morena que la de la joven aunque alguna que otra arruga que se percibía en su rostro marcaba la diferencia de edad.
La joven parpadeó varias veces al percatarse de la presencia tan cercana de la otra mujer y asintió con desgana mientras dejaba el cepillo sobre la cama y cogía el vestido para ponérselo. Llevaba días con la misma actitud, tan callada cuando siempre había sido tan alegre que llegó a preocupar a todos aquellos que le rodeaban. Decía que no tenia apetito, seguía realizando todas las tareas que le encomendaban pero había algo en ella que no era normal, como si le hubieran quitado el color a toda su vida, como si le hubieran llevado su alegría, su vida.
Semanas antes.
Aquella pradera siempre había formado parte de ella desde que era pequeña, allí había vivido los momentos más felices que podía recordar y aquel que estaba viviendo en ese preciso momento formaba parte de uno de ellos.
Tumbada sobre una manta marrón, se encontraba la joven con un vestido de flores azul acompañada de un joven de la misma edad o poco mayor que ella, riendo con los ojos cerrados mientras el sol acariciaba su piel. El chico la miraba mientras ella no paraba de reír, alargó su brazo y le rozó suavemente su mejilla con la palma de la mano, sonrió. La chica en ese preciso instante abrió los ojos y al verle no pudo contener su sonrisa, sus ojos verdes brillaban con la luz del sol haciéndoles más cristalinos con una tonalidad azul.
- ¿Qué sucede? - la chica le miró con la sonrisa en la cara que poco a poco se fue desvaneciendo a medida que ella se incorporaba. Él no separó su mano de su mejilla ni dejó de sonreír. - Nada, simplemente me gusta mirarte- Ella colocó su mano sobre la de él, mientras sin saber por qué sus ojos se iban tornando cada vez más vidriosos, apretó suavemente su mano y entornó la cabeza ligeramente hacia un lado. - No me mientas, te conozco, dime lo que pasa, por favor...- intentó contener sus lagrimas que estaban a punto de precipitarse por su mejilla. Él suspiró y separó levemente sus labios para hablar mientras agachaba su cabeza. Hubo un pequeño silencio.- Me voy a tener que ir...- levantó levemente su cabeza y tuvo miedo de mirarla- ... pero no te preocupes, voy a volver, siempre volveré a donde tú estés. No importa lo lejos que vaya, las tormentas que pasen mientras o las montañas que haya que escalar para encontrarte, lo haré, volveré por ti.- La miró fijamente mientras sus ojos comenzaban a envidriarse a su vez y los de ella habían permitido que las lágrimas bañaran sus mejillas. Petrificada y sin poder moverse, se quedó dubitativa, no podía creerse lo que estaba escuchando, pero no sabia qué hacer. Poco después los brazos de él la rodearon, se sentía en casa, y unos labios con sabor salado se pegaron a los suyos.
- Anne, siéntate que te peino. - Las palabras de aquella mujer la despertaron de aquella ensoñación que desde hacia tiempo se había convertido en su pesadilla. La joven le obedeció y se sentó en aquella silla de madera que se encontraba frente al tocador, se miró al espejo y suspiró. Aquella noche ya había perdido el sentido, quería que estuviera allí y desde que se marchó no había vuelto a saber nada de él. La mujer le realizó un sencillo recogido y le aplicó algunos polvos de maquillaje sobre su cara, aunque en realidad no lo necesitaba, y aquellos ojos verdes brillaban tristemente a la luz de la vela que se encontraba en el tocador. Anne se levantó y se dispuso para salir no sin antes la mujer le hiciera dar una vuelta sobre sí misma para ver aquel vestido negro flotar en el aire, asintió satisfecha y dejó que la muchacha bajara las escaleras para montar en el carruaje tirado por caballos que esperaba fuera de la casa.
Un hombre vestido con traje y sombrero negro les aguardaba al lado del carruaje. Ayudó a la mujer a subirse y tendió la mano a la joven para ayudarla a subir, esta dudó mirándole y antes de que la mujer pudiera decir nada para reprocharle salió corriendo calle abajo. Un "Anne" sordo se escuchó a lo lejos, el sonido de los tacones contra el pavimento y el de su respiración eran los únicos que ella escuchaba. Poco después, se quitó los zapatos y los cogió con la mano, caminó sobre la hierba mojada mientras el viento la despeinaba levemente su recogido. Soltó los zapatos y se quitó la chaqueta que cubría sus hombros, sus mejillas ardían acompañadas de las lágrimas que sus ojos no podían reprimir... y allí se encontraba, en medio de aquella pradera de noche, acompañada por el viento y con los puños cerrados de rabia. - "No vuelvas a irte sin mí" ...- dijo en un suave susurro que se llevó el viento.
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